La ciudad de Ourense está situada en el valle medio del río Miño, en una zona remansada entre las desembocaduras de los afluentes Loña y Barbaña conocida como Hoya de Ourense. El clima está conformado en un microclima local que se encuadra en un ámbito de transición entre el oceánico y el continental del interior, con fríos y humedad en los inviernos y calores agobiantes y húmedos en el verano: «Nueve meses de invierno y dos de infierno», según el exagerado dicho popular. Los orígenes de la ciudad, al igual que la propia etimología de Ourense, no nos son bien conocidos. La primera referencia aparece a fines del siglo VI en el Parrochiale Suevum, que menciona el adjetivo «auriensis» en referencia a los obispos que acudieron al concilio de Braga del año 572. Lo que sí está bien claro es que el calificativo confirma la importancia de la ciudad como sede episcopal y la fundada tradición de las riquezas auríferas de las áreas del río Miño, así como que el término de Aurea perdura en la actual Oira, en la orilla derecha del río Miño.El origen de la ciudad, según los postulados propuestos por Cuevillas y Ferro Couselo, reside en la confluencia de tres factores, como son la presencia de los manantiales de aguas termales de las Burgas, de utilización terapéutica, doméstica e industrial; la encrucijada de caminos naturales entre castros, y la puente, motor de su desarrollo, que permite el paso del río Miño en una vía secundaria que partía de la XVIII del Itinerario de Antonino, que iba de Bracara Augusta a Asturica.

Alrededor de las Burgas, nombre derivado del bajo latino burca, que significa pila, se formó un poblado ya en tiempos prerromanos, luego potenciado por los romanos, que lo aprovecharon para su infraestructura viaria. Este poblado estaba asentado en la orilla derecha del río Barbaña, afluente de la orilla izquierda del Miño, en la falda del Montealegre, aunque en el fondo de una hondonada o depresión por donde discurrían las surgencias de las Burgas. Este primer núcleo poblacional de carácter rural nace longitudinalmente, como una ciudad camino, por lo que hoy son las calles del Vilar, Cervantes (antigua Fontaíña) y Barreira, con salida al Campo en dirección al Puente romano, si bien su crecimiento obligó a trepar por las sucesivas terrazas formadas por el río Barbaña en su ascensión hacia el Montealegre, y se mantiene vigente, apiñado en un bloque compacto sobre las Burgas, hasta mediada la Edad Media, siendo desbordado apenas en esas fechas con el espacio de la Catedral y calles inmediatas con el barrio judío, e inalterablehasta bien entrado el siglo XIX, cuando la ciudad rompe su cerca y comienza su expansión y anárquico crecimiento, que llega casi a nuestros días como consecuencia de la inexistencia de un proyecto urbanístico global. El puente, construido en tiempo de Augusto y reconstruido en el siglo XIII, exigía para su defensa la presencia de un Praesidium con una guarnición, como quiere Ferro Couselo, y era el complemento obligado de una infraestructura viaria. Aquel pequeño espacio fue ocupado por los romanos desde el siglo I, como muestran una serie de testimonios arqueológicos, tales como una cloaca, monedas, enterramientos y las aras dedicadas a dioses del panteón indígena y romano, hoy en el Museo Arqueológico, entre las que destaca el ara que Calpurnia Abana Aeboso dedicó a las Ninfas de las aguas.

La cristianización de Galicia tuvo lugar en la segunda mitad del siglo III, procedente delsur, pero la llegada de los bárbaros en el siglo V no favoreció su desarrollo aquí, ya amenazado de división por la expansión del priscilianismo. Sin embargo, en el siglo VI, la predicación de Martín Dumiense por esta zona y en la corte de los suevos llevó a éstos a la conversión de su arrianismo a la Iglesia de Roma. Esta conversión está relacionada con el milagro que san Martín de Tours hizo al hijo del rey suevo Carriarico, curándolo de una enfermedad de piel en el año 550. Este rey, agradecido, levantó una iglesia dedicada a san Martín que la tradición identifica con una primitiva que se levantaba en el solar de la actual de Santa María Madre. La ciudad suévica adquiere entonces gran importancia, como pareceindicar la presencia de ese templo, pero es por hoy una incógnita, como lo es la altomedieval. Sólo existe la evidencia de esa iglesia levantada a mediados del siglo VI por Teodomiro (el Carriarico de los Miracula Sancti Martini, de Gregorio de Tours), de la que nos quedan ocho bellas columnas marmóreas conservadas en la actual fachada de la iglesia de Santa María Madre, indudablemente importadas, e indicio evidente de una importante edificación, fuera eclesiástica o civil, y algunos otros hallazgos (monedas y restos de columnas). La invasión musulmana también afectó a las tierras orensanas, que son arrasadas por sus frecuentes incursiones devastadoras (en 716, Abdelaziz, y Almanzor en 985; y los normandos en 1015 y 1024), y hundidas en un período oscuro y un marasmo que va a durar varios siglos, aunque no llegaron a estar despobladas.
Los reyes asturianos, en el entretanto, intentan la restauración de la sede, en especial Alfonso III, que promueve la repoblación y restauración de su iglesia en el siglo IX, con efectos no duraderos.

  Al fin, en 1071, se da la definitiva restauración hecha por Sancho II, que pone al frente de la diócesis al obispo Ederonio. Con él empieza el renacer de la ciudad, levantando en 1084 una iglesia sobre las ruinas del templo suevo del siglo VI. Esta es casi el único testimonio de esa época en la ciudad, del que sólo nos quedan la inscripción conmemorativa y las columnas de mármol reaprovechadas en la iglesia actual, de comienzos del siglo XVIII.

  Sin embargo, el verdadero artífice de la consolidación de esa recuperación será el obispo Diego Velasco (1100-1132), que, aprovechándose de las rencillas entre las hijas de Alfonso VI, obtiene, en 1122, de la reina doña Teresa de Portugal la jurisdicción de la ciudad para él y sus sucesores. Ya con este aval, promueve la fijación de la población de la misma, le concede una carta puebla y emprende la restauración del palacio episcopal, que hoy constituye uno de los pocos edificios civiles románicos de Galicia, con su bello claustro románico. Levanta, también, la torre Beati Martini, aliado del templo de Ederonio. A su vez, Alfonso VII, en 1131, le confirma la jurisdicción que doña Tereixa le había dado y ratifica los fueros, y en privilegios posteriores le concede varias ampliaciones del coto jurisdiccional que multiplican por cinco su extensión. Los reyes posteriores no harán sino confirmar toda clase de privilegios, muchos de los cuales ponen de manifiesto la existencia de un importante comercio de vino, principal granjería del burgo que exigía una eficaz protección. Esta época de esplendor se va a reflejar en la construcción de la Catedral, de esquema románico, en la parte noreste del antiguo núcleo urbano. La comienza el obispo don Pedro Seguín (1157 -1169), confesor de Fernando II. Su sucesor, don Adán, continúa las obras y bajo don Alfonso (1174-1213) es consagrada en el año 1188 con reliquias traídas de Tours. Se hicieron la cabecera con tres ábsides semicirculares y las naves del crucero. El obispo don Lorenzo (1218-48), buen amigo de Fernando III, concluye la nave principal, el pórtico del Paraíso y la torre de las campanas. Asimismo, a fines del XIII se establecen los franciscanos en la parte alta de la ciudad. Este período de esplendor dejará huellas importantes en la, ciudad, pues la Catedral y los Palacios Episcopales,convertidos en fortalezas, van a polarizar un nuevo estiramiento de la ciudad hacia el norte y alrededor del ábside de la basílica, con un planteamiento similar al de la parte antigua y altomedieval. La puerta norte marcará el sentido del camino principal que conducía al Puente, principal vía de comunicación con el resto de Galicia. Otras calles paralelas, Lepanto, Tiendas y Paz, por el oeste de la Catedral, y las que por el este la circundan, confluirán en la Plaza del Hierro, saliendo por la calle de Santo Domingo (antigua Corredoira y Barrio Nuevo) en busca del puente.

 

La Baja Edad Media representará para la ciudad un período de luchas continuas y de inestabilidad político-social, que degeneró, en algunas ocasiones, en el asalto y derribo de numerosos edificios y fortalezas, lo que obliga a pensar en la necesidad de protección, vigilancia y defensa de la ciudad. En ella sobresaldrán dos edificios representativos del poder religioso y político, la Catedral y el Palacio Episcopal, que jugarán un papel fundamental al convertirse en objetos de ataque y refugio, según las circunstancias, de una población sin gobierno. Es un período en el que se van a producir una serie de tensiones entre las tres fuerzas emergentes, la monarquía, los obispos, señores jurisdiccionales de la ciudad, y el concejo, que ya se menciona en la carta puebla de don Diego Velasco, de 1122. El primer conflicto tiene lugar bajo Alfonso X, que en 1256 recibe homenaje directamente del concejo de la ciudad, con la consiguiente protesta del obispo, verdadero señor de ésta. Las tensas relaciones entre obispo y concejo adquieren una mayor virulencia hacia 1293-4, con el episodio del incendio del convento de los franciscanos por los hombres del obispo Pedro Yáñez de Nóvoa, que perseguían a los asesinos de un sobrino suyo. El asunto fue a Roma, y el obispo es condenado a reedificar el convento en la parte alta de la ciudad, hoy con sólo su bellísimo claustro de comienzos del siglo XIV. La iglesia fue trasladada en el siglo XX a su actual emplazamiento en la Alameda de San Lázaro. Consecuencia de todo ello es la retirada de la jurisdicción por Fernando IV, sólo recobrada por el obispo sucesor de manos de Alfonso XI. Bajo Pedro I, la ciudad se vio envuelta en las luchas fratricidas con el futuro Enrique II por la corona, alentado el primero por el obispo don Alfonso. El Castillo Ramiro, del obispo, es tomado por los hombres del concejo y del Adelantado de Galicia. Sólo en 1382, Juan I le devuelve el castillo al obispo don Pascual García y le autoriza a reedificarlo. En 1385 entra en Galicia el Duque de Lancáster, pretendiente a la corona de Castilla y aliado de Juan I de Portugal. En la ciudad de Ourense sus huestes causan enormes estropicios que ponen en evidencia su vulnerabilidad. Ello mueve al obispo don Pascual a levantar un muro que la protegiera. Desde este momento la ciudad quedará cercada por una muralla vergonzante, como dice un moderno historiador, formada por las traseras de las casas del perímetro y las pequeñas tapias que cerraban las partes abiertas. Una porción de puertas, hasta 13, se mencionan en siglos posteriores; servirán de defensa y protección a la ciudad, junto con las fortalezas de la Catedral y de los Pazos del Obispo. Durante el siglo XV se prolonga el estado de inestabilidad, agudizándose, si cabe, más. A las tensiones concejo-obispo, se añaden los enfrentamientos con miembros de una nobleza levantisca y de ésta con los vecinos. En 1421, algunos canónigos y elementos de la nobleza dirigidos por García Díaz de Cadórniga se enfrentan con el obispo don Francisco Alfonso, concluyendo con la muerte de éste ahogado en el Pozo Maimón. También los vecinos de la ciudad sufren el acoso de los nobles, especialmente de la familia de los Cadórniga, que a lo largo del siglo XV tienen un especial protagonismo. La nobleza asalta los cargos municipales, especialmente los de regidores y, en 1442, Pedro Díaz de Cadórniga quema la sinagoga y las casas de algunos judíos. A su vez, en 1455, los vecinos, a causa de la pérdida de las libertades ciudadanas, asaltan el Palacio Episcopal. La inseguridad, robos, asaltos y asesinatos, eran tan grandes que obligan al concejo y al obispo a buscar la protección del Conde de Lemos. Continuó la misma situación bajo el reinado de Enrique IV. En 1467 estalla la revuelta Irmandiña, que también afecta a la ciudad al ser destruidas algunas torres del Palacio Episcopal, junto con el Castelo Ramiro. La ciudad también fue escenario de las luchas señoriales de los Castro - Condes de Lemos - y los Pimentel - Condes de Benavente -, señores de Allariz. En 1471, el Conde de Benavente, en su pretensión de señorear la ciudad, se enfrenta con el de Lemos, que había venido en defensa de la urbe, y ataca la fachada norte de la Catedral destruyendo la capilla de San Juan y los pazos del obispo.

    Tras las tres últimas décadas del siglo XV, en que la población languidece (3.000 habitantes a mediados del siglo XV y 1.800 a finales), Ourense experimenta en el siglo XVI un alza de población y un período de florecimiento del comercio, especialmente del tráfico de vino, y del artesanado, como consecuencia de la paz impuesta por los Reyes Católicos. En 1597 alcanza la cota más alta de población del Antiguo Régimen, con 925 vecinos. La ciudad llevaba ya tiempo configurada en su entramado urbano, limitada por su cerca y sus puertas, y su crecimiento se basará en adelante en la renovación y compactación del tejido urbano. Desde la invasión del Duque de Lancáster y las subsiguientes luchas del siglo XV, en que la ciudad sufrió constantes devastaciones, quedaban bastantes casas en ruinas. En el siglo XVI, como dice Ferro Couselo, soplan vientos de prosperidad y se despierta una fuerte fiebre constructiva. La ciudad comienza a reponerse, empiezan a levantarse nuevas casas y edificios religiosos, y el concejo, al tomar conciencia de sus obligaciones para con los ciudadanos, se preocupa también de dotarles de edificios auxiliares y de servicios. El clero, con sus cuantiosas rentas, levanta el bello cimborrio de la Catedral, inspirado en el primitivo de la Catedral de Burgos y obra de Rodrigo de Badajoz; la sacristía con bóveda estrellada y las capillas del Cristo, gótico, traído de Finisterre por el obispo Vasco Pérez Mariño y símbolo de la religiosidad del pueblo orensano, y la de las Nieves y las bóvedas y arcos del Pórtico del Paraíso de la Catedral. Al mismo tiempo, se hacen el ábside de la iglesia y el hospital de la Santísima Trinidad y la recoleta capilla. de los Santos Cosme y Damián, en estilo gótico florido. En este mismo siglo se levantan en estilo renacimiento el Hospital de San Roque, desaparecido ya, la ermita de los Remedios, al pie del puente romano, las torres del reloj de la Catedral y del convento de San Francisco. Una encopetada nobleza edifica residencias monumentales, como el bello palacio de los Ocas, hoy Liceo, en la calle de Lamas Carvajal, con su portada adintelada, sus vanos de trazado conopial y bellos balcones con balaustres. El central con un bello alfiz que encuadra los escudos de la familia. Un zaguán da paso a un bello patio con columnas ochavadas y frisos con cadenas. La casa de los Armada o de María Andrea, nombre de la fiel y abnegada sirvienta del canónigo Guntín, cuya casa defendió bravamente de los invasores franceses, en el Eirociño dos Cabaleiros, con ventanas de trazado conopial y bello escudo del linaje. Otras casonas, austeras en sus fachadas, se encuentran en la calle de Lepanto (antigua rúa da Obra de la Catedral): la de los Deza, con sus cadenas que aluden a un posible derecho de asilo y bellas gárgolas, y la de los Sotelo, con escudo y portada en arco de medio punto. La casa de los Gayoso, en la Plaza de las Damas, con escudo de los Gayoso Montenegro en la fachada asoportalada y patio central sobre columnas ochavadas, recientemente reconstruida y no del todo bien recreada. A su vez, el concejo, consciente de sus obligaciones, dota a la ciudad de su primera casa consistorial, en la Plaza Mayor. Prosigue en esta labor, ocupándose del edificio del matadero, lavadero, en las Burgas, Pósito, en la calle Primavera, y Casas Reales, en la Plaza del Corregidor, todos ellos hoy desaparecidos.

   La peste de 1598-9 afectó duramente a la ciudad, iniciándose una época de estancamiento y postración económica, con pérdida de población progresivamente hasta 1787, debido al marasmo que estaba pasando la economía vitícola y al proceso de ruralización en que se vio envuelta toda Galicia (en 1645, había 1.000 vecinos, casi la misma población, 964 vecinos, que da Madoz para el año 1849). No fue ajeno a ello, además de la emigración, la guerra de separación de Portugal, ya que la ciudad, fronteriza, sufría toda clase de servidumbres militares, alojamientos, aprovisionamientos de urgencia, vigilancias, etc. En el siglo XVII, y a pesar de esos condicionantes, la ciudad experimenta una profunda transformación con la llegada de dos Órdenes religiosas, los Jesuitas y los Dominicos, que con sus conventos e iglesias dan a la ciudad una mayor monumentalidad. Ambas Órdenes se sitúan en el extrarradio, contribuyendo a una polarización del crecimiento a su lado en el sector norte de la ciudad. Con lo cual ésta experimenta un leve crecimiento hacia el norte. El convento de Santo Domingo, en la calle de su nombre, es debido a un rico indiano de Potosí, natural de Vilanova dos Infantes, fallecido en 1620. La fundación se retrasó hasta 1634 por dificultades en la percepción de los caudales destinados a este fin. La iglesia, obra de Melchor de Velasco, fue inaugurada en 1666, si bien las obras continuaron muchos años después por falta de numerario. La implantación de los Jesuitas, en la calle de Lamas Carvajal (antigua rúa Nova), se debe a Pedro de Mondragón, natural y notario del Santo Oficio en Potosí (Perú), que dejó en 1615 bienes para edificar en Ourense una Casa Colegio con su iglesia. El templo fue iniciado hacia 1636 y sólo se terminó a finales del siglo XIX. La iglesia obedece al estilo jesuítico y su fachada barroca está centrada en un bello ventanal a manera de espejo y rodeada por hermosas columnas con capiteles jónicos en el cuerpo bajo y compuestos en el superior. A su vez, la Catedral, a comienzos del XVII, reformará su cabecera, suprimiendo los ábsides semicirculares laterales para realizar la girola y adaptar la catedral al esquema de peregrinación. En ella se construyen numerosas capillas y enterramientos de clérigos y de la nobleza local. También algunos hidalgos van a contribuir a la renovación del entramado urbano. Destaca el palacio de los Boán, en la Plaza de Hierro, de tres plantas, rematada su fachada por almenas y con patio central, al estilo de las renacentistas de la ciudad, y la última remodelación de la casa de los Méndez, hoy Museo Municipal, en la calle de Lepanto, ambos palacios ornados con escudos de armas. También el municipio contribuye a la puesta al día edificando, para sustituir a la antigua ruinosa, una nueva casa consistorial, en 1697 -8, obra del arquitecto y escultor Francisco de Castro Canseco, y reconstruyendo las puertas da Aira y da Horta do Concello y el hospital de San Lázaro, hoy desaparecidos.

  El siglo XVIII supone una época de letargo para la ciudad, tanto en el crecimiento de su población como en su reflejo en el territorio urbano. A mediados de este siglo tenía 800 y pico de vecinos intramuros y bastantes solares y viviendas inhabitables. El crecimiento que experimenta la ciudad en este siglo se basa, fundamentalmente, en su renovación y transformación formal. No se nota gran afán constructivo. La nobleza había desertado, el ayuntamiento no tenía apenas propios que le permitieran afrontar empresas constructivas de cierto porte. Será, pues, el clero, con sus importantes rentas, el responsable mayoritario de las nuevas construcciones que se llevan a cabo en esta centuria, y algunos hidalgos que levantan sus palacios, como los de los Temes, en la Plaza del Trigo, de traza virreinal, austero y asoportalado, o el otro de los Temes, en la Plaza del Corregidor, hoy Colegio de las Madres Carmelitas, con balcones volados y grandes escudos en la fachada. Los Deza nos dejan una bella casa de tres plantas con fachada con balcón corrido y gárgolas y remate en frontón curvo, en la calle de la Paz, no 2. El obispo Marcelino Siuri (1709-1718) renueva íntegramente la pequeña iglesia de Santa María Madre, que había sido levantada por Ederonio en el siglo XI. Es rematada en 1822 por el obispo fray Muñoz de la Cueva, apropiándose de la torre Beati Martini y parte del palacio episcopal. Este mismo obispo realizará una serie de obras y reformas en el palacio episcopal, configurándose en esos momentos el estado actual de éste. Destaca la bella fachada de la Plaza Mayor con su escudo espectacular y el balcón volado sobre él. También la cárcel de Corona, con su mismo escudo en la portada barroca, que lleva la fecha de 1718. A su vez, el Cabildo de la Catedral reviste la torre de las campanas, que amenazaba ruina desde el terremoto de Lisboa a mediados de siglo, y hace otras obras menores en otras dependencias de la Catedral. A fines de siglo, el obispo Quevedo y Quintano transforma el antiguo Colegio de las Mercedes y construye el Seminario de San Fernando, en la rúa Nova (hoy Lamas Carvajal), adyacente al antiguo Colegio de los Jesuitas y a la iglesia de Santa Eufemia, y que ostenta en su portada el escudo real. En conclusi6n, los verdaderos impulsores del desarrollo urbanístico de Ourense en la Edad Moderna fueron el Obispo y el Cabildo de la Catedral, que disponían de rentas territoriales y jurisdiccionales muy saneadas, además de la importante cuantía procedente de los diezmos; el Concejo, reafirmado definitivamente en su lucha secular frente al obispo y obligado a facilitar una serie de servicios a la población ciudadana; la Nobleza, titulada o no, poseedora de fortunas más o menos importantes; y los burgueses, artesanos y comerciantes, que permitirán el relleno de la trama urbana a través de los siglos, pues los sectores primario y artesanal pierden peso frente al sector mercantil y servicios y el burocrático (real, municipal y eclesiástico).

 

La ciudad había llegado al siglo XIX casi con la misma configuración que había adquirido en su desarrollo medieval, estructura que se mantendrá sin alteraciones sustanciales durante la primera mitad del XIX. Hoy el recinto antiguo es objeto de un plan especial de protección en virtud del Decreto 2555/1975, de 12 de septiembre, que fija el Conjunto histórico-artístico del casco antiguo, y se está procediendo con especial sensibilidad a su rehabilitación. Será a partir de las décadas centrales del siglo cuando comience un proceso ininterrumpido, que, de forma lenta, primero, y luego acelerada, pondrá las bases de los espectaculares cambios que tienen lugar en la década de los ochenta, cuando quedarán establecidos de forma definitiva los trazos formales básicos de la urbe. Todavía en 1830 la ciudad tenía tan sólo 512 edificaciones y mantenía su aspecto medieval de calles y plazas pavimentadas con cantos rodados. De 1843 a 1863 sólo se construyeron 22 edificios, o sea uno por año. Los edificios sufren un proceso de modificación permanente a lo largo del siglo, sustituyendo las construcciones de «pallabarro», predominantes en la primera mitad, por las realizadas en piedra. La ciudad rompe amarras en el siglo XIX, primero, derribando sus puertas y lo que quedaba de la cerca que la ceñía. Hay síntomas de expansión demográfica. La población crece desde mediados del siglo XIX de una manera lenta (en 1849, Madoz le da cerca de 964 vecinos, o sea, unos 4.849 habitantes, pocos más que los que tenía a mediados del siglo XVIII; en 1858, rondaba los 11.012 habitantes el municipio de la ciudad; en 1877 la población se duplica, con 16.626 habitantes de hecho). A fines de siglo comienza una época de prosperidad que tiene su razón en dos hechos fundamentales en el desarrollo de la ciudad: la construcción de la carretera de Villacastín a Vigo entre 1860-3 y la llegada del ferrocarril, en 1881. La creación de estas infraestructuras viarias, junto con la evolución demográfica en alza desde mediados de siglo, la revolución de las ideas y la propia posición de la ciudad que conecta polos de crecimiento existentes, van a cambiar la fisonomía de ja ciudad, sus ritmos de crecimiento y desarrollo, y producen una completa transformación, que afectó tanto a la ciudad como al territorio inmediato, y se reflejará en la apertura de nuevas calles y asentamientos, aunque es un crecimiento desordenado y sin planificación previa. La ciudad abandona la zona sur y se extiende hacia el norte por una terraza estructural del río Miño. Por un lado, en 1856, la carretera formó a su paso por la ciudad la rúa del Progreso, desde el Posío hasta el Puente, que marcó el límite de la ciudad por el oeste, aún con espacios vacíos en la primera década del siglo XX. La primera construcción data de 1848 y le siguen dos grandes fábricas de curtidos, uno de los cuales está ocupado actualmente por la Diputación, mesones y fondas y almacenes. Se abre también, paralela a la anterior, en 1873, la rúa del Paseo, que se extiende desde la rúa del Instituto (antigua rúa Nova) hasta el Parque de San Lázaro - emplazamiento de las ferias mensuales -, que pronto se llena de casas y hoy es centro principal del comercio, banca y recreo de la ciudad. Transversalmente, la rúa de Alba, que baja de la de Santo Domingo al Progreso. En 1876 se abre la carretera de Ponferrada, que recorre transversalmente el norte de la ciudad y se prolonga por la Avenida de Buenos Aires o carretera de Trives. Por el sur, sólo se abre la rúa del P. Feijoo, que prolongaba la calle de Colón hasta el Posío, paralelamente a la rúa da Porta da Aira y en la que se levantó el nuevo Centro Provincial de Instrucción en 1895, durante muchos años el único Instituto de segunda enseñanza de la ciudad, y la prolongación de la del Vilar. Otro hecho fundamental es la inauguración de la estación de ferrocarril de Ourense-Vigo, en 1881, en la orilla derecha del río Miño, ayuntamiento de Canedo, potenciando su vida mercantil. La ciudad traspasa así sus tradicionales límites y crece también por los barrios del Polvorín y A CarbalIeira, por el sur. Por el este y alto de la ciudad se establece el nuevo cementerio de San Francisco, inaugurado en 1834. En este siglo XIX y a caballo del XX la ciudad se embellece con numerosos y bellos edificios de estilo ecléctico, modernista y neogótico, bajo la dirección de ilustres arquitectos, como Queralt, Crespo, Seara y Pujol, Daniel Vázquez, Emilio Meruéndano y Juan de Arriba, levantados por una naciente burguesía ilustrada. Desgraciadamente, muchas de sus obras han sido destruidas por la piqueta, aunque hoy se aprecia cierta sensibilidad para su protección. Destacaríamos el edificio Junquera (hoy CaixaNova), el Palacio del Obispo y el antiguo Banco Simeón, en la calle del Progreso, la Casa de Fermín García y la actual Casa Consistorial, en la Plaza Mayor, etc.

 

El siglo XX ve crecer la ciudad por la agregación del ayuntamiento de Canedo en 1943, que incorpora un barrio populoso comercial, pero no va a tener un nuevo ensanche, éste sí planificado, hasta la década de los sesenta, con el plano general de ordenación de 1961 y el parcial de 1964, aunque la gestión no se llevó a cabo más que en actuaciones muy concretas.
El desbordamiento constructivo producido en las décadas de los 60 y 70, y que continúa imparable, basado en un principio en una fuerte importación de divisas deparada por la emigración a Centroeuropa, va a generar una progresiva urbanización de su contorno siguiendo los valles del Miño y del Barbaña y Loña y las faldas del Montealegre, y alrededor de la nueva estación-empalme, inaugurada en 1957, con motivo de la ejecución de la nueva línea de ferrocarril Zamora-Ourense, que ve crecer a su alrededor nuevos barrios, como el de las Lagoas. Por el oeste traspasa el río Barbaña y vías de circunvalación y barrio del Couto. Por el sur, se prolonga hacia Mariñamansa, con los barrios da Cuña. Santo Cristo, Pazo de los Deportes, etc. Por el este, trepa hacia el Montealegre por el barrio de San Francisco, traspasando la línea de ferrocarril. Todos ellos dotados de toda clase de servicios de enseñanza, parroquias, etc. Nuevas vías de comunicación como la vía de Ponferrada y la Autovía de las Rías Baixas, que van envolviendo a la ciudad y marcando nuevos límites y nuevos horizontes a su desarrollo. Este inusitado crecimiento exigirá el tendido de nuevos puentes, todos del siglo XX, a excepción del puente del Milenio, recientemente inaugurado. El Puente Nuevo o de Hierro, se alza en 1918 para enlazar con la estación de ferrocarril y aliviar el exceso de circulación por el puente romano. Le siguió el viaducto del Ferrocarril, de elegantes y airosas líneas; el Puente del Ribeiriño; el puente de Velle, que une unacircunvalación de la ciudad; el de la presa de Velle, y el "recién llegado" puente del Milenio. Por el sur se levantan residencias sanitarias, y servicios de la ciudad invaden ayuntamientos vecinos, como el de San Ciprián das Viñas, en donde se ubican el Polígono Industrial y el Parque Tecnológico de Galicia. La ciudad está ya en los 120.000 habitantes y el crecimiento sigue imparable. Este nuevo milenio comienza con un crecimiento desbordado a base, sobre todo, de la despoblación del campo circundante. La planificación de la ciudad comienza a vislumbrarse, alcanzando el carácter de cuestión fundamental.