|
La ciudad de Ourense está situada en el valle medio del río Miño, en
una zona remansada entre las desembocaduras de los afluentes Loña y
Barbaña conocida como Hoya de Ourense. El clima está conformado en
un microclima local que se encuadra en un ámbito de transición entre
el oceánico y el continental del interior, con fríos y humedad en
los inviernos y calores agobiantes y húmedos en el verano: «Nueve
meses de invierno y dos de infierno», según el exagerado dicho
popular. Los orígenes de la ciudad, al igual que la propia
etimología de Ourense, no nos son bien conocidos. La primera
referencia aparece a fines del siglo VI en el Parrochiale Suevum,
que menciona el adjetivo «auriensis» en referencia a los obispos que
acudieron al concilio de Braga del año 572. Lo que sí está bien
claro es que el calificativo confirma la importancia de la ciudad
como sede episcopal y la fundada tradición de las riquezas auríferas
de las áreas del río Miño, así como que el término de Aurea perdura
en la actual Oira, en la orilla derecha del río Miño.El origen de la
ciudad, según los postulados propuestos por Cuevillas y Ferro
Couselo, reside en la confluencia de tres factores, como son la
presencia de los manantiales de aguas termales de las Burgas, de
utilización terapéutica, doméstica e industrial; la encrucijada de
caminos naturales entre castros, y la puente, motor de su
desarrollo, que permite el paso del río Miño en una vía secundaria
que partía de la XVIII del Itinerario de Antonino, que iba de
Bracara Augusta a Asturica.
Alrededor de las Burgas, nombre derivado del bajo latino burca, que
significa pila, se formó un poblado ya en tiempos prerromanos, luego
potenciado por los romanos, que lo aprovecharon para su
infraestructura viaria. Este poblado estaba asentado en la orilla
derecha del río Barbaña, afluente de la orilla izquierda del Miño,
en la falda del Montealegre, aunque en el fondo de una hondonada o
depresión por donde discurrían las surgencias de las Burgas. Este
primer núcleo poblacional de carácter rural nace longitudinalmente,
como una ciudad camino, por lo que hoy son las calles del Vilar,
Cervantes (antigua Fontaíña) y Barreira, con salida al Campo en
dirección al Puente romano, si bien su crecimiento obligó a trepar
por las sucesivas terrazas formadas por el río Barbaña en su
ascensión hacia el Montealegre, y se mantiene vigente, apiñado en un
bloque compacto sobre las Burgas, hasta mediada la Edad Media,
siendo desbordado apenas en esas fechas con el espacio de la
Catedral y calles inmediatas con el barrio judío, e inalterablehasta
bien entrado el siglo XIX, cuando la ciudad rompe su cerca y
comienza su expansión y anárquico crecimiento, que llega casi a
nuestros días como consecuencia de la inexistencia de un proyecto
urbanístico global. El puente, construido en tiempo de Augusto y
reconstruido en el siglo XIII, exigía para su defensa la presencia
de un Praesidium con una guarnición, como quiere Ferro Couselo, y
era el complemento obligado de una infraestructura viaria. Aquel
pequeño espacio fue ocupado por los romanos desde el siglo I, como
muestran una serie de testimonios arqueológicos, tales como una
cloaca, monedas, enterramientos y las aras dedicadas a dioses del
panteón indígena y romano, hoy en el Museo Arqueológico, entre las
que destaca el ara que Calpurnia Abana Aeboso dedicó a las Ninfas de
las aguas.
 
La cristianización de Galicia
tuvo lugar en la segunda mitad
del siglo III, procedente delsur,
pero la llegada de los bárbaros
en el siglo V no favoreció su
desarrollo aquí, ya amenazado de
división por la expansión del
priscilianismo. Sin embargo, en
el siglo VI, la predicación de
Martín Dumiense por esta zona y
en la corte de los suevos llevó
a éstos a la conversión de su
arrianismo a la Iglesia de Roma.
Esta conversión está relacionada
con el milagro que san Martín de
Tours hizo al hijo del rey suevo
Carriarico, curándolo de una
enfermedad de piel en el año
550. Este rey, agradecido,
levantó una iglesia dedicada a
san Martín que la tradición
identifica con una primitiva que
se levantaba en el solar de la
actual de Santa María Madre. La
ciudad suévica adquiere entonces
gran importancia, como
pareceindicar la presencia de
ese templo, pero es por hoy una
incógnita, como lo es la
altomedieval. Sólo existe la
evidencia de esa iglesia
levantada a mediados del siglo
VI por Teodomiro (el Carriarico
de los Miracula Sancti Martini,
de Gregorio de Tours), de la que
nos quedan ocho bellas columnas
marmóreas conservadas en la
actual fachada de la iglesia de
Santa María Madre,
indudablemente importadas, e
indicio evidente de una
importante edificación, fuera
eclesiástica o civil, y algunos
otros hallazgos (monedas y
restos de columnas). La invasión
musulmana también afectó a las
tierras orensanas, que son
arrasadas por sus frecuentes
incursiones devastadoras (en
716, Abdelaziz, y Almanzor en
985; y los normandos en 1015 y
1024), y hundidas en un período
oscuro y un marasmo que va a
durar varios siglos, aunque no
llegaron a estar despobladas.
Los reyes asturianos, en el
entretanto, intentan la
restauración de la sede, en
especial Alfonso III, que
promueve la repoblación y
restauración de su iglesia en el
siglo IX, con efectos no
duraderos.
 
Al fin, en 1071, se da la
definitiva restauración hecha
por Sancho II, que pone al
frente de la diócesis al obispo
Ederonio. Con él empieza el
renacer de la ciudad, levantando
en 1084 una iglesia sobre las
ruinas del templo suevo del
siglo VI. Esta es casi el único
testimonio de esa época en la
ciudad, del que sólo nos quedan
la inscripción conmemorativa y
las columnas de mármol
reaprovechadas en la iglesia
actual, de comienzos del siglo
XVIII.
Sin embargo, el verdadero artífice de la consolidación de esa
recuperación será el obispo Diego Velasco (1100-1132), que,
aprovechándose de las rencillas entre las hijas de Alfonso VI,
obtiene, en 1122, de la reina doña Teresa de Portugal la
jurisdicción de la ciudad para él y sus sucesores. Ya con este aval,
promueve la fijación de la población de la misma, le concede una
carta puebla y emprende la restauración del palacio episcopal, que
hoy constituye uno de los pocos edificios civiles románicos de
Galicia, con su bello claustro románico. Levanta, también, la torre
Beati Martini, aliado del templo de Ederonio. A su vez, Alfonso VII,
en 1131, le confirma la jurisdicción que doña Tereixa le había dado
y ratifica los fueros, y en privilegios posteriores le concede
varias ampliaciones del coto jurisdiccional que multiplican por
cinco su extensión. Los reyes posteriores no harán sino confirmar
toda clase de privilegios, muchos de los cuales ponen de manifiesto
la existencia de un importante comercio de vino, principal granjería
del burgo que exigía una eficaz protección. Esta época de esplendor
se va a reflejar en la construcción de la Catedral, de esquema
románico, en la parte noreste del antiguo núcleo urbano. La comienza
el obispo don Pedro Seguín (1157 -1169), confesor de Fernando II. Su
sucesor, don Adán, continúa las obras y bajo don Alfonso (1174-1213)
es consagrada en el año 1188 con reliquias traídas de Tours. Se
hicieron la cabecera con tres ábsides semicirculares y las naves del
crucero. El obispo don Lorenzo (1218-48), buen amigo de Fernando III,
concluye la nave principal, el pórtico del Paraíso y la torre de las
campanas. Asimismo, a fines del XIII se establecen los franciscanos
en la parte alta de la ciudad. Este período de esplendor dejará
huellas importantes en la, ciudad, pues la Catedral y los Palacios
Episcopales,convertidos en fortalezas, van a polarizar un nuevo
estiramiento de la ciudad hacia el norte y alrededor del ábside de
la basílica, con un planteamiento similar al de la parte antigua y
altomedieval. La puerta norte marcará el sentido del camino
principal que conducía al Puente, principal vía de comunicación con
el resto de Galicia. Otras calles paralelas, Lepanto, Tiendas y Paz,
por el oeste de la Catedral, y las que por el este la circundan,
confluirán en la Plaza del Hierro, saliendo por la calle de Santo
Domingo (antigua Corredoira y Barrio Nuevo) en busca del puente.

La Baja Edad Media representará para la ciudad un período de luchas
continuas y de inestabilidad político-social, que degeneró, en
algunas ocasiones, en el asalto y derribo de numerosos edificios y
fortalezas, lo que obliga a pensar en la necesidad de protección,
vigilancia y defensa de la ciudad. En ella sobresaldrán dos
edificios representativos del poder religioso y político, la
Catedral y el Palacio Episcopal, que jugarán un papel fundamental al
convertirse en objetos de ataque y refugio, según las
circunstancias, de una población sin gobierno. Es un período en el
que se van a producir una serie de tensiones entre las tres fuerzas
emergentes, la monarquía, los obispos, señores jurisdiccionales de
la ciudad, y el concejo, que ya se menciona en la carta puebla de
don Diego Velasco, de 1122. El primer conflicto tiene lugar bajo
Alfonso X, que en 1256 recibe homenaje directamente del concejo de
la ciudad, con la consiguiente protesta del obispo, verdadero señor
de ésta. Las tensas relaciones entre obispo y concejo adquieren una
mayor virulencia hacia 1293-4, con el episodio del incendio del
convento de los franciscanos por los hombres del obispo Pedro Yáñez
de Nóvoa, que perseguían a los asesinos de un sobrino suyo. El
asunto fue a Roma, y el obispo es condenado a reedificar el convento
en la parte alta de la ciudad, hoy con sólo su bellísimo claustro de
comienzos del siglo XIV. La iglesia fue trasladada en el siglo XX a
su actual emplazamiento en la Alameda de San Lázaro. Consecuencia de
todo ello es la retirada de la jurisdicción por Fernando IV, sólo
recobrada por el obispo sucesor de manos de Alfonso XI. Bajo Pedro
I, la ciudad se vio envuelta en las luchas fratricidas con el futuro
Enrique II por la corona, alentado el primero por el obispo don
Alfonso. El Castillo Ramiro, del obispo, es tomado por los hombres
del concejo y del Adelantado de Galicia. Sólo en 1382, Juan I le
devuelve el castillo al obispo don Pascual García y le autoriza a
reedificarlo. En 1385 entra en Galicia el Duque de Lancáster,
pretendiente a la corona de Castilla y aliado de Juan I de Portugal.
En la ciudad de Ourense sus huestes causan enormes estropicios que
ponen en evidencia su vulnerabilidad. Ello mueve al obispo don
Pascual a levantar un muro que la protegiera. Desde este momento la
ciudad quedará cercada por una muralla vergonzante, como dice un
moderno historiador, formada por las traseras de las casas del
perímetro y las pequeñas tapias que cerraban las partes abiertas.
Una porción de puertas, hasta 13, se mencionan en siglos
posteriores; servirán de defensa y protección a la ciudad, junto con
las fortalezas de la Catedral y de los Pazos del Obispo. Durante el
siglo XV se prolonga el estado de inestabilidad, agudizándose, si
cabe, más. A las tensiones concejo-obispo, se añaden los
enfrentamientos con miembros de una nobleza levantisca y de ésta con
los vecinos. En 1421, algunos canónigos y elementos de la nobleza
dirigidos por García Díaz de Cadórniga se enfrentan con el obispo
don Francisco Alfonso, concluyendo con la muerte de éste ahogado en
el Pozo Maimón. También los vecinos de la ciudad sufren el acoso de
los nobles, especialmente de la familia de los Cadórniga, que a lo
largo del siglo XV tienen un especial protagonismo. La nobleza
asalta los cargos municipales, especialmente los de regidores y, en
1442, Pedro Díaz de Cadórniga quema la sinagoga y las casas de
algunos judíos. A su vez, en 1455, los vecinos, a causa de la
pérdida de las libertades ciudadanas, asaltan el Palacio Episcopal.
La inseguridad, robos, asaltos y asesinatos, eran tan grandes que
obligan al concejo y al obispo a buscar la protección del Conde de
Lemos. Continuó la misma situación bajo el reinado de Enrique IV. En
1467 estalla la revuelta Irmandiña, que también afecta a la ciudad
al ser destruidas algunas torres del Palacio Episcopal, junto con el
Castelo Ramiro. La ciudad también fue escenario de las luchas
señoriales de los Castro - Condes de Lemos - y los Pimentel - Condes
de Benavente -, señores de Allariz. En 1471, el Conde de Benavente,
en su pretensión de señorear la ciudad, se enfrenta con el de Lemos,
que había venido en defensa de la urbe, y ataca la fachada norte de
la Catedral destruyendo la capilla de San Juan y los pazos del
obispo.
Tras las tres últimas décadas del siglo XV, en que la población
languidece (3.000 habitantes a mediados del siglo XV y 1.800 a
finales), Ourense experimenta en el siglo XVI un alza de población y
un período de florecimiento del comercio, especialmente del tráfico
de vino, y del artesanado, como consecuencia de la paz impuesta por
los Reyes Católicos. En 1597 alcanza la cota más alta de población
del Antiguo Régimen, con 925 vecinos. La ciudad llevaba ya tiempo
configurada en su entramado urbano, limitada por su cerca y sus
puertas, y su crecimiento se basará en adelante en la renovación y
compactación del tejido urbano. Desde la invasión del Duque de
Lancáster y las subsiguientes luchas del siglo XV, en que la ciudad
sufrió constantes devastaciones, quedaban bastantes casas en ruinas.
En el siglo XVI, como dice Ferro Couselo, soplan vientos de
prosperidad y se despierta una fuerte fiebre constructiva. La ciudad
comienza a reponerse, empiezan a levantarse nuevas casas y edificios
religiosos, y el concejo, al tomar conciencia de sus obligaciones
para con los ciudadanos, se preocupa también de dotarles de
edificios auxiliares y de servicios. El clero, con sus cuantiosas
rentas, levanta el bello cimborrio de la Catedral, inspirado en el
primitivo de la Catedral de Burgos y obra de Rodrigo de Badajoz; la
sacristía con bóveda estrellada y las capillas del Cristo, gótico,
traído de Finisterre por el obispo Vasco Pérez Mariño y símbolo de
la religiosidad del pueblo orensano, y la de las Nieves y las
bóvedas y arcos del Pórtico del Paraíso de la Catedral. Al mismo
tiempo, se hacen el ábside de la iglesia y el hospital de la
Santísima Trinidad y la recoleta capilla. de los Santos Cosme y
Damián, en estilo gótico florido. En este mismo siglo se levantan en
estilo renacimiento el Hospital de San Roque, desaparecido ya, la
ermita de los Remedios, al pie del puente romano, las torres del
reloj de la Catedral y del convento de San Francisco. Una encopetada
nobleza edifica residencias monumentales, como el bello palacio de
los Ocas, hoy Liceo, en la calle de Lamas Carvajal, con su portada
adintelada, sus vanos de trazado conopial y bellos balcones con
balaustres. El central con un bello alfiz que encuadra los escudos
de la familia. Un zaguán da paso a un bello patio con columnas
ochavadas y frisos con cadenas. La casa de los Armada o de María
Andrea, nombre de la fiel y abnegada sirvienta del canónigo Guntín,
cuya casa defendió bravamente de los invasores franceses, en el
Eirociño dos Cabaleiros, con ventanas de trazado conopial y bello
escudo del linaje. Otras casonas, austeras en sus fachadas, se
encuentran en la calle de Lepanto (antigua rúa da Obra de la
Catedral): la de los Deza, con sus cadenas que aluden a un posible
derecho de asilo y bellas gárgolas, y la de los Sotelo, con escudo y
portada en arco de medio punto. La casa de los Gayoso, en la Plaza
de las Damas, con escudo de los Gayoso Montenegro en la fachada
asoportalada y patio central sobre columnas ochavadas, recientemente
reconstruida y no del todo bien recreada. A su vez, el concejo,
consciente de sus obligaciones, dota a la ciudad de su primera casa
consistorial, en la Plaza Mayor. Prosigue en esta labor, ocupándose
del edificio del matadero, lavadero, en las Burgas, Pósito, en la
calle Primavera, y Casas Reales, en la Plaza del Corregidor, todos
ellos hoy desaparecidos.
La peste de 1598-9 afectó duramente a la ciudad, iniciándose una
época de estancamiento y postración económica, con pérdida de
población progresivamente hasta 1787, debido al marasmo que estaba
pasando la economía vitícola y al proceso de ruralización en que se
vio envuelta toda Galicia (en 1645, había 1.000 vecinos, casi la
misma población, 964 vecinos, que da Madoz para el año 1849). No fue
ajeno a ello, además de la emigración, la guerra de separación de
Portugal, ya que la ciudad, fronteriza, sufría toda clase de
servidumbres militares, alojamientos, aprovisionamientos de
urgencia, vigilancias, etc. En el siglo XVII, y a pesar de esos
condicionantes, la ciudad experimenta una profunda transformación
con la llegada de dos Órdenes religiosas, los Jesuitas y los
Dominicos, que con sus conventos e iglesias dan a la ciudad una
mayor monumentalidad. Ambas Órdenes se sitúan en el extrarradio,
contribuyendo a una polarización del crecimiento a su lado en el
sector norte de la ciudad. Con lo cual ésta experimenta un leve
crecimiento hacia el norte. El convento de Santo Domingo, en la
calle de su nombre, es debido a un rico indiano de Potosí, natural
de Vilanova dos Infantes, fallecido en 1620. La fundación se retrasó
hasta 1634 por dificultades en la percepción de los caudales
destinados a este fin. La iglesia, obra de Melchor de Velasco, fue
inaugurada en 1666, si bien las obras continuaron muchos años
después por falta de numerario. La implantación de los Jesuitas, en
la calle de Lamas Carvajal (antigua rúa Nova), se debe a Pedro de
Mondragón, natural y notario del Santo Oficio en Potosí (Perú), que
dejó en 1615 bienes para edificar en Ourense una Casa Colegio con su
iglesia. El templo fue iniciado hacia 1636 y sólo se terminó a
finales del siglo XIX. La iglesia obedece al estilo jesuítico y su
fachada barroca está centrada en un bello ventanal a manera de
espejo y rodeada por hermosas columnas con capiteles jónicos en el
cuerpo bajo y compuestos en el superior. A su vez, la Catedral, a
comienzos del XVII, reformará su cabecera, suprimiendo los ábsides
semicirculares laterales para realizar la girola y adaptar la
catedral al esquema de peregrinación. En ella se construyen
numerosas capillas y enterramientos de clérigos y de la nobleza
local. También algunos hidalgos van a contribuir a la renovación del
entramado urbano. Destaca el palacio de los Boán, en la Plaza de
Hierro, de tres plantas, rematada su fachada por almenas y con patio
central, al estilo de las renacentistas de la ciudad, y la última
remodelación de la casa de los Méndez, hoy Museo Municipal, en la
calle de Lepanto, ambos palacios ornados con escudos de armas.
También el municipio contribuye a la puesta al día edificando, para
sustituir a la antigua ruinosa, una nueva casa consistorial, en 1697
-8, obra del arquitecto y escultor Francisco de Castro Canseco, y
reconstruyendo las puertas da Aira y da Horta do Concello y el
hospital de San Lázaro, hoy desaparecidos.
El siglo XVIII supone una época de letargo para la ciudad, tanto en
el crecimiento de su población como en su reflejo en el territorio
urbano. A mediados de este siglo tenía 800 y pico de vecinos
intramuros y bastantes solares y viviendas inhabitables. El
crecimiento que experimenta la ciudad en este siglo se basa,
fundamentalmente, en su renovación y transformación formal. No se
nota gran afán constructivo. La nobleza había desertado, el
ayuntamiento no tenía apenas propios que le permitieran afrontar
empresas constructivas de cierto porte. Será, pues, el clero, con
sus importantes rentas, el responsable mayoritario de las nuevas
construcciones que se llevan a cabo en esta centuria, y algunos
hidalgos que levantan sus palacios, como los de los Temes, en la
Plaza del Trigo, de traza virreinal, austero y asoportalado, o el
otro de los Temes, en la Plaza del Corregidor, hoy Colegio de las
Madres Carmelitas, con balcones volados y grandes escudos en la
fachada. Los Deza nos dejan una bella casa de tres plantas con
fachada con balcón corrido y gárgolas y remate en frontón curvo, en
la calle de la Paz, no 2. El obispo Marcelino Siuri (1709-1718)
renueva íntegramente la pequeña iglesia de Santa María Madre, que
había sido levantada por Ederonio en el siglo XI. Es rematada en
1822 por el obispo fray Muñoz de la Cueva, apropiándose de la torre
Beati Martini y parte del palacio episcopal. Este mismo obispo
realizará una serie de obras y reformas en el palacio episcopal,
configurándose en esos momentos el estado actual de éste. Destaca la
bella fachada de la Plaza Mayor con su escudo espectacular y el
balcón volado sobre él. También la cárcel de Corona, con su mismo
escudo en la portada barroca, que lleva la fecha de 1718. A su vez,
el Cabildo de la Catedral reviste la torre de las campanas, que
amenazaba ruina desde el terremoto de Lisboa a mediados de siglo, y
hace otras obras menores en otras dependencias de la Catedral. A
fines de siglo, el obispo Quevedo y Quintano transforma el antiguo
Colegio de las Mercedes y construye el Seminario de San Fernando, en
la rúa Nova (hoy Lamas Carvajal), adyacente al antiguo Colegio de
los Jesuitas y a la iglesia de Santa Eufemia, y que ostenta en su
portada el escudo real. En conclusi6n, los verdaderos impulsores del
desarrollo urbanístico de Ourense en la Edad Moderna fueron el
Obispo y el Cabildo de la Catedral, que disponían de rentas
territoriales y jurisdiccionales muy saneadas, además de la
importante cuantía procedente de los diezmos; el Concejo, reafirmado
definitivamente en su lucha secular frente al obispo y obligado a
facilitar una serie de servicios a la población ciudadana; la
Nobleza, titulada o no, poseedora de fortunas más o menos
importantes; y los burgueses, artesanos y comerciantes, que
permitirán el relleno de la trama urbana a través de los siglos,
pues los sectores primario y artesanal pierden peso frente al sector
mercantil y servicios y el burocrático (real, municipal y
eclesiástico).

La ciudad había llegado al siglo XIX casi con la misma configuración
que había adquirido en su desarrollo medieval, estructura que se
mantendrá sin alteraciones sustanciales durante la primera mitad del
XIX. Hoy el recinto antiguo es objeto de un plan especial de
protección en virtud del Decreto 2555/1975, de 12 de septiembre, que
fija el Conjunto histórico-artístico del casco antiguo, y se está
procediendo con especial sensibilidad a su rehabilitación. Será a
partir de las décadas centrales del siglo cuando comience un proceso
ininterrumpido, que, de forma lenta, primero, y luego acelerada,
pondrá las bases de los espectaculares cambios que tienen lugar en
la década de los ochenta, cuando quedarán establecidos de forma
definitiva los trazos formales básicos de la urbe. Todavía en 1830
la ciudad tenía tan sólo 512 edificaciones y mantenía su aspecto
medieval de calles y plazas pavimentadas con cantos rodados. De 1843
a 1863 sólo se construyeron 22 edificios, o sea uno por año. Los
edificios sufren un proceso de modificación permanente a lo largo
del siglo, sustituyendo las construcciones de «pallabarro»,
predominantes en la primera mitad, por las realizadas en piedra. La
ciudad rompe amarras en el siglo XIX, primero, derribando sus
puertas y lo que quedaba de la cerca que la ceñía. Hay síntomas de
expansión demográfica. La población crece desde mediados del siglo
XIX de una manera lenta (en 1849, Madoz le da cerca de 964 vecinos,
o sea, unos 4.849 habitantes, pocos más que los que tenía a mediados
del siglo XVIII; en 1858, rondaba los 11.012 habitantes el municipio
de la ciudad; en 1877 la población se duplica, con 16.626 habitantes
de hecho). A fines de siglo comienza una época de prosperidad que
tiene su razón en dos hechos fundamentales en el desarrollo de la
ciudad: la construcción de la carretera de Villacastín a Vigo entre
1860-3 y la llegada del ferrocarril, en 1881. La creación de estas
infraestructuras viarias, junto con la evolución demográfica en alza
desde mediados de siglo, la revolución de las ideas y la propia
posición de la ciudad que conecta polos de crecimiento existentes,
van a cambiar la fisonomía de ja ciudad, sus ritmos de crecimiento y
desarrollo, y producen una completa transformación, que afectó tanto
a la ciudad como al territorio inmediato, y se reflejará en la
apertura de nuevas calles y asentamientos, aunque es un crecimiento
desordenado y sin planificación previa. La ciudad abandona la zona
sur y se extiende hacia el norte por una terraza estructural del río
Miño. Por un lado, en 1856, la carretera formó a su paso por la
ciudad la rúa del Progreso, desde el Posío hasta el Puente, que
marcó el límite de la ciudad por el oeste, aún con espacios vacíos
en la primera década del siglo XX. La primera construcción data de
1848 y le siguen dos grandes fábricas de curtidos, uno de los cuales
está ocupado actualmente por la Diputación, mesones y fondas y
almacenes. Se abre también, paralela a la anterior, en 1873, la rúa
del Paseo, que se extiende desde la rúa del Instituto (antigua rúa
Nova) hasta el Parque de San Lázaro - emplazamiento de las ferias
mensuales -, que pronto se llena de casas y hoy es centro principal
del comercio, banca y recreo de la ciudad. Transversalmente, la rúa
de Alba, que baja de la de Santo Domingo al Progreso. En 1876 se
abre la carretera de Ponferrada, que recorre transversalmente el
norte de la ciudad y se prolonga por la Avenida de Buenos Aires o
carretera de Trives. Por el sur, sólo se abre la rúa del P. Feijoo,
que prolongaba la calle de Colón hasta el Posío, paralelamente a la
rúa da Porta da Aira y en la que se levantó el nuevo Centro
Provincial de Instrucción en 1895, durante muchos años el único
Instituto de segunda enseñanza de la ciudad, y la prolongación de la
del Vilar. Otro hecho fundamental es la inauguración de la estación
de ferrocarril de Ourense-Vigo, en 1881, en la orilla derecha del
río Miño, ayuntamiento de Canedo, potenciando su vida mercantil. La
ciudad traspasa así sus tradicionales límites y crece también por
los barrios del Polvorín y A CarbalIeira, por el sur. Por el este y
alto de la ciudad se establece el nuevo cementerio de San Francisco,
inaugurado en 1834. En este siglo XIX y a caballo del XX la ciudad
se embellece con numerosos y bellos edificios de estilo ecléctico,
modernista y neogótico, bajo la dirección de ilustres arquitectos,
como Queralt, Crespo, Seara y Pujol, Daniel Vázquez, Emilio
Meruéndano y Juan de Arriba, levantados por una naciente burguesía
ilustrada. Desgraciadamente, muchas de sus obras han sido destruidas
por la piqueta, aunque hoy se aprecia cierta sensibilidad para su
protección. Destacaríamos el edificio Junquera (hoy CaixaNova), el
Palacio del Obispo y el antiguo Banco Simeón, en la calle del
Progreso, la Casa de Fermín García y la actual Casa Consistorial, en
la Plaza Mayor, etc.

El siglo XX ve crecer
la ciudad por la agregación del ayuntamiento de Canedo en 1943, que
incorpora un barrio populoso comercial, pero no va a tener un nuevo
ensanche, éste sí planificado, hasta la década de los sesenta, con
el plano general de ordenación de 1961 y el parcial de 1964, aunque
la gestión no se llevó a cabo más que en actuaciones muy concretas.
El desbordamiento constructivo producido en las décadas de los 60 y
70, y que continúa imparable, basado en un principio en una fuerte
importación de divisas deparada por la emigración a Centroeuropa, va
a generar una progresiva urbanización de su contorno siguiendo los
valles del Miño y del Barbaña y Loña y las faldas del Montealegre, y
alrededor de la nueva estación-empalme, inaugurada en 1957, con
motivo de la ejecución de la nueva línea de ferrocarril Zamora-Ourense,
que ve crecer a su alrededor nuevos barrios, como el de las Lagoas.
Por el oeste traspasa el río Barbaña y vías de circunvalación y
barrio del Couto. Por el sur, se prolonga hacia Mariñamansa, con los
barrios da Cuña. Santo Cristo, Pazo de los Deportes, etc. Por el
este, trepa hacia el Montealegre por el barrio de San Francisco,
traspasando la línea de ferrocarril. Todos ellos dotados de toda
clase de servicios de enseñanza, parroquias, etc. Nuevas vías de
comunicación como la vía de Ponferrada y la Autovía de las Rías
Baixas, que van envolviendo a la ciudad y marcando nuevos límites y
nuevos horizontes a su desarrollo. Este inusitado crecimiento
exigirá el tendido de nuevos puentes, todos del siglo XX, a
excepción del puente del Milenio, recientemente inaugurado. El
Puente Nuevo o de Hierro, se alza en 1918 para enlazar con la
estación de ferrocarril y aliviar el exceso de circulación por el
puente romano. Le siguió el viaducto del Ferrocarril, de elegantes y
airosas líneas; el Puente del Ribeiriño; el puente de Velle, que une
unacircunvalación de la ciudad; el de la presa de Velle, y el
"recién llegado" puente del Milenio. Por el sur se levantan
residencias sanitarias, y servicios de la ciudad invaden
ayuntamientos vecinos, como el de San Ciprián das Viñas, en donde se
ubican el Polígono Industrial y el Parque Tecnológico de Galicia. La
ciudad está ya en los 120.000 habitantes y el crecimiento sigue
imparable. Este nuevo milenio comienza con un crecimiento desbordado
a base, sobre todo, de la despoblación del campo circundante. La
planificación de la ciudad comienza a vislumbrarse, alcanzando el
carácter de cuestión fundamental. |