Divinizábamos también a los árboles y los bosques, dioses árboles eran el roble = Robur, El haya = Fagus, el manzano = Abellio etc., así como los Vosgos, que tenían su propios dios tutelar Vosegus, las Ardenas que tenían a su ninfa Ardvina etc.
Entre los animales el caballo, el toro, el jabalí y el cuervo eran sagrados.

Como divinidades de menor importancia teníamos numerosas matres, matronae o matrae que llevaban epítetos locales y que se encontraban por grupos de tres .

Había numerosas variantes locales y la mayor se produjo entre los celtas que habitaron la Galia y los que pasaron a las islas de Gran Bretaña (entre los que se produjeron también variaciones mitológicas).

       Hay también otra tesis que afirma que los celtas teniamos una visión universalista de la divinidad, muy poco antropomorfizada, y que por tanto creíamos en un único dios con muchas funciones.

      Los dioses de nuestro panteón serían manifestaciones de las múltiples funciones de ese dios, que se supone es el origen de todo, y que al entrar en contacto con el mundo greco-romano se transformaría en una multitud de dioses especializados.

NOMBRES DE LOS DIOSES CELTAS

Se conocen más de 300 nombres de Dioses Celtas.

Lugh (Lugos), Toutatis o Teutatis (Tutatis), Taranis, Cernunnos, Esus, Sequana, Brigantia, Epona, Matrona, Noreia, Eriu, Govannon, Belenos, Mabon entre ellos.

Durante mucho tiempo se consideró que el panteón Celta era tribal o regional, que Noreia era una Diosa tribal para los Norici, Sequana para los Sequani, Eriu para los Erenn.

Parece que esto es cierto hasta un punto.

Hasta donde podemos decir actualmente, los Dioses Celtas tenían un número de variantes, la mayoría podríamos decir que fuesen locales, pero es posible que algunos fuesen funcionales.

Esto no sería nada extraño si vemos en otros panteones IEs en los que encontramos que la mayoría de los Dioses tienen diversos nombres locales y funcionales.

Por ejemplo el Dios Griego Zeus tiene numerosos nombres, así otros Dioses griegos . Iuppiter (el Júpiter Latino) también se conoce como Dispater y otros nombres.

Los Dioses hindúes tiene múltiples nombres, lo mismo resulta cierto para los Dioses Germanos.

Si miramos las inscripciones galoromanas a tarvés de las  cuales conocemos los nombres de los Dioses, no nos sorprende que Marte sea mencionado con cerca de 50 nombres Celtas, como Marte Toutatis, Marte Ambiorix y otros, mientras que Apolo va junto a Grannos, Belenos y otros, mientras que Taranis y otros son atribuidos a Iuppiter.

Dado esto, es lo más probable que los nombres de los Dioses Celtas que conocemos son, en su mayor parte, nombres locales o funcionales de Dioses cuyo nombre "real" probablemente eran mantenidos en secreto o que se mezclaban con los epónimos.

Solamente dos Dioses pueden ser identificados en prácticamente todas partes, siendo Lugos (Lugh irlandés, Llew galés), cuyo nombre encontramos desde España a Alemania y probablemente más al este; y la Diosa Madre (Matrona), de la cual conocemos su nombre funcional e.g. madre (Matrona en Galo Antiguo, Modron en galés), y a la que se pueden atribuir distintos nombres (Sequana, Noreia, Brigantia, y probablemente también Eriu y Boand, y adicionalmente tenemos "Diosas Madre de lugares" como Matronae Lugdunensis o Matronae Treverorum.  

ANTIGUAS TRADICIONES CELTAS

Las antiguas tradiciones de los pueblos celtas, germanos y escandinavos (del norte y centro de Europa), basadas en el respeto y seguimiento de los ciclos naturales del año y de las fuerzas de la naturaleza, celebraban en el solsticio de invierno (en el Hemisferio Norte, alrededor del 24 de diciembre) el nacimiento del niño-sol, el hijo dela Gran Madre, normalmente asociada a la tierra y a la luna. En los países escandinavos, esta fecha se llamaba tradicionalmente Yule, término que procede de una palabra escandinava que significa "rueda"(en alusión al ciclo de estaciones). Curiosamente, esta tradición también se encuentra entre otros pueblos de la antigüedad y en losmitos greco-romanos.

    ADORNOS MODERNOS QUE NO LO SON TANTO

Era costumbre adornar las casas con hiedra, por dentro y por fuera, y poner guirnaldas de acebo y muérdago, normalmente con afán de proteger a los moradores de las casas y evitar visitas indeseadas. Las campanas que tradicionalmente se cuelgan como símbolo de la Navidad proceden de una antigua superstición que dice que los malos espíritus se podían ahuyentar haciendo sonar campanillas. También se encuentran modernos adornos navideños en forma de herradura, otra antigua forma de deshacerse de influencias negativas indeseables. Durante la fiesta se consumían panecillos dulces y vino.

Los colores empleados para los adornos eran el color rojo, símbolo del nacimiento (por su asociación con la sangre del parto), y el verde, símbolo de la tierra, ya que se consideraba que, al empezar los días a ser más largos, era entonces cuando verdaderamente empezaba a resurgirla vida en la tierra.

Las manzanas y las piñas eran otros elementos simbólicos utilizados para la ocasión, ya que representaban la vida después de la muerte y la fertilidad, respectivamente. Hoy en día, siguen vendiéndose adornos para el árbol, en forma de pequeñas manzanas rojas y de piñas doradas.

En la actualidad, los adornos navideños han perdido toda su carga mística, para pasar a ser meros objetos de decoración, pero en la antigüedad tenían un claro componente mágico.

ADORNOS DE NAVIDAD Y EL "TIÓ" 

Otra costumbre heredada de los pueblos celtas es la del árbol de Navidad, que en su origen era un tronco de árbol que se quemaba la noche del solsticio, para festejar el renacimiento del sol y para atraer la prosperidad. Esta costumbre se remonta incluso al antiguo Egipto, en el5000 a.c. (festejaban el nacimiento de Horus, su "rey sol") y a laantigua Sumeria (festejaban el nacimiento del dios Mitra), y ha sufrido cambios, pero ha estado presente desde entonces en multitud de culturas.

Cuando los celtas adoptaron esta costumbre, hacia el 1100 a.c.,recogían un leño después del solsticio y lo guardaban hasta que, unos días antes de la festividad, lo adornaban con piñas de conífera, acebo, hiedra y otras plantas siempre verdes, lo que parece que puede ser uno de los orígenes de la costumbre actual de adornar un árbol. Después de varios días adornado y colocado en un lugar de honor del hogar, para que todos los miembros de la familia pudieran tocarlo y dejarle golosinas y regalos, el leño se prendía al ponerse el sol la noche del solsticio (normalmente era la madre quien prendía el fuego) y se quemaba lentamente. Sus cenizas se guardaban con veneración, ya que se decía que podían curar enfermedades, y se solía guardar algún resto carbonizado para encender el fuego del leño del año siguiente.

En Estados Unidos, en muchos lugares sigue vigente la tradición de encender un fuego la noche de Nochebuena y, sin necesidad de ir más lejos, en la actualidad, en toda Catalunya persiste la costumbre del "Tió", un tronco de árbol que, según la tradición "caga" regalos para los niños que lo tocan con un palo la noche de Nochebuena. Previamente, el Tió se ha tenido en la casa durante los días antes de Navidad y, en algunos lugares, se le "alimenta" con dulces, para que los regalos sean mejores. También existe la costumbre de golpearlo con varas (algunos estudiosos sugieren que podría ser un símbolo de la fecundación). Así, alimentado y fecundado, el tronco se convierte en un símbolo de fertilidad, alegría y buena suerte. ¿No les resulta familiar la expresión "tocar madera" cuando se desea alejar la mala suerte?

LAS BURGAS

                        

Tres cousas hay en Ourense que non as hay en toda España, o Santo Cristo, a Ponte e as Burgas fervendo auga.
 

Fuentes de agua termales en Orense capital. Las fuentes son dos, la burga de Arriba con dos caños y estructura sencilla con adorno de piña, y las populares burgas de más rica ornamentación. En Rivadavia había un ermitaño que se llamaba Pedro y que estaba en el secreto de llevar los canales de aguas calientes al pueblo. Una vez se sintió enfermo y pensó: "Ya soy viejo y algún día ha de acabar mi vida". Se sentó a la puerta de la ermita cuando pasó por allí un pastor que al verle tan alicaído le preguntó si necesitaba algo. "Me encuentro mal, pero Dios dispondrá". El pastor dijo "Iré a dejar las ovejas y vendré con el médico". Así hizo y a partir de ese momento, todos los días el pastor pasaba por la ermita a ver que tal se encontraba Pedro.
En el pueblo había una moza que estaba enamorada del pastor, pero éste no le hacía caso. Un día ocultó en las alforjas el cáliz de la iglesia y le acusó del robo. Los aldeanos, al oirlo, persiguieron al pastor y le dieron muerte. Pedro, al enterarse de la muerte de su amigo desvió los canales de las aguas calientes de Rivadavia a Orense donde afloraron en las Burgas.

SAN ANDRÉS DE TEIXIDO

A San Andrés de Teixido vai de morto o quen no vai de vivo

San Andrés

En Cedeira está el santuario de San Andrés de Teixido. San Andrés, que veía como a la tumba de Sant Yago iban grandes peregrinaciones mientras que a él nadie venía a visitarle, paseaba melancólico sus soledades. Un día se encontró con Nuestro Señor Jesucristo que venía a visitarle y éste le preguntó: "¿Cómo es que estás tan triste?" San Andrés le respondió: "¡Ay mi señor! A pesar de que yo también hago milagros como Santiago nadie se acerca por estos parajes y está mi santuario vacío". El Señor le miró y sonriendo le dijo: "No has de ser menos que Santiago. Te prometo que todo el mundo pasará al menos una vez en la vida por tu santuario" "Muchas gracias, Señor pero ¿cómo será eso posible?" "Porque todo aquel que en vida no viniere, tendrá que pasar por aquí después de muerto". Por eso nadie molesta a los animalitos que andan por los senderos del santuario, porque dice la leyenda que ellos llevan las almas de los que no peregrinaron en vida.

¿QUIENES ERAN LOS CELTAS? MIS ANTEPASADOS

 
 Los celtas salimos de la comarca comprendida entre el Rin, el Elba y el Danubio ocho o diez siglos antes de nuestra era.
Pertenecíamos a una raza aria o indoeuropea, por lo que éramos hermanos de origen de los germanos, eslavos, tracios, indios, persas, italiotas, griegos etc.
Cuando hacia el siglo XV antes de Cristo los italiotas y griegos fueron a establecerse uno a la península italiana y otro a la griega, los celtas nos quedamos aún en Europa Central.
 
Hacia el 500, tras empujar a los ligures, penetramos en España. Un siglo más tarde nos extendimos por todo el valle del Po italiano y poco después invadimos el Danubio medio y bajo.

Atacamos Iliria y entramos en contacto con los macedonios y los griegos, de tal modo que en el siglo IV ningún otro pueblo poseía un imperio comparado al nuestro en extensión. Imperio que fue efímero pues acabmos por dividirnos pronto en una porción de pueblos distintos.

 
En cuanto a los celtas insulares, debieron establecerse en Gran Bretaña hacia el siglo IX u VIII, se ignora como lo hicieron, pero si se sabe que en los siglos III y II Antes de Cristo los bretones y los belgas cruzaron el canal de la mancha uniéndose a los Goidels o expulsándoles más hacia el interior.
Por consiguiente hay dos grupos de celtas insulares los goidélicos y los bretones. Las grandes divinidades son comunes, aunque con evoluciones fonéticas y diferentes interpretaciones que cada uno hizo a su modo.

En cuanto a su historia mítica, tiene dos fases. La primera de las razas que invaden Irlanda es la de Cessair, que desembarca en Irlanda para huir del diluvio.

 

Tras el diluvio empieza una segunda fase con cinco invasiones. La primera es la de Partolón, la segunda la de Nemed, la tercera la de los Fir Bolg, la cuarta la de los Tuatha De Dannan y la quinta la de los Hijos de Milé.

Tipológicamente éramos dolicocefácilos, rubios y de elevada estatura y nuestro origen se relaciona más claramente como una división de los pueblos caucásicos que como una parte de los pueblos nórdicos

Desde el punto de vista histórico, los celtas fuimos los primeros que formamos en Europa central un imperio entrando en contacto con otros pueblos de los que asimilamos otras formas de vida, como fueron los ritos funerarios aportados por las emigraciones procedentes del centro y sureste de Europa que introducen el rito de la cremación de los cadáveres cuyas cenizas se depositan en urnas bajo tierra (cultura de los campos de urnas)
La superioridad de nuestras armas, espadas de hierro, nos dotó de un poder dominador, pero nos mezclamos con los pueblos conquistados. Durante el período del Hallstatt (650-400) dominamos a los ligures en el centro y norte de la Galia, llegamos a las islas Británicas y penetramos también en la península ibérica, a principios del siglo V a. C. (aunque las primeras manifestaciones célticas se datan en los campos de urnas de Cataluña del siglo IX), donde vivían fenicios e iberos. En el norte de la península Itálica luchamos contra los etruscos, en la península de los Balcanes derrotamos a los griegos y saqueamos el santuario de Delfos.
Llevamos nuestras conquistas hasta el Asia Menor.

Nunca llegamos a formar un estado unitario, pero sí poderosos grupos semifeudales unidos por necesidades de defensa común.

Con el desarrollo de La Tène (hacia el año 400 a.C.), los celtas, ahora denominados galos, invadimos el valle del Danubio y parte del Asia Menor, pero poco después comenzamos a ser derrotados, especialmente, por los romanos que, al extenderse por el Mediterráneo y por Europa, colisionan con el mundo céltico.
 
Durante el siglo III a. C., nuestro Imperio Celta perdió su unidad y se desintegró en multitud de reinos independientes. No obstante, nuestros restos en lo que actualmente es Francia, España e Italia y entre otros países, resistieron bravamente a las legiones romanas. En España probablemente entramos por los Pirineos y después de extendernos por el norte y oeste seguimos haciéndolo por el centro y sur. Fuimos rápidamente absorbidos por los indígenas, los íberos, dando lugar a la raza celtíbera.

La cuenca alta y media del Duero y los montes de la cordillera Ibérica parecen haber sido los núcleos más importantes del celtismo hispánico, pese a conservarse sus caracteres con mayor pureza en el área del litoral galaico-portugués.

Nuestros caracteres culturales se cifraban en tener una religión panteísta y misteriosa.

Creíamos en la reencarnación o transmigración de las almas y en la existencia de otra vida después de la muerte. Adorabamos a los astros y a dioses superiores, que tenían suficiente poder para influir en nuestro destino, adversa o favorablemente. Nuestro culto lo practicabamos en la cumbre de una montaña o en la espesura de los bosques y hacíamos sacrificios humanos a nuestras divinidades.

Eramos una raza sumamente belicosa que, en tiempos de paz, nos dedicábamos a la caza y a la pesca, quedando las mujeres al cuidado de las faenas agrícolas y domésticas.

Las cosechas se repartían por igual entre todos los ciudadanos y éstos estaban divididos en cuatro categorías sociales que correspondían al sacerdocio, la nobleza o jerarquía guerrera, el pueblo y los esclavos.

HIMNO DE MI TIERRA NATAL

Letra: Eduardo Pondal - Música: Pascual Veiga.

¿Que din os rumorosos
na costa verdecente
ao raio transparente
do prácido luar?
¿Que din as altas copas
de escuro arume arpado
co seu ben compasado
monótono fungar?
Do teu verdor cinguido
e de benignos astros,
confín dos verdes castros
e valeroso chan,
no des esquecemento
da inxuria o rudo encono;
desperta do teu sono
fogar de Breogan.
 

 

Os bos e xenerosos
a nosa voz entenden
e con arroubo atenden
o noso ronco son.
Mais sóo os iñorantes
e ferido e duros
imbéciles e escuros
non no entenden, non.
Os tempos sono chegados
dos bardos das edades
que as vosas vaguedades
cumprido fin teran;
pois, donde quer, xigante
a nosa voz pregoa
a redenzon da boa
nazón de Breogán.

 

EL MILAGRO DE O CEBREIRO

Según la tradición, a principios del siglo XIV, existía en la aldea de Barxamaior, a varios kilómetros de Cebreiro, un devoto campesino llamado Juan Santín. Este siempre asistía a la misa en la iglesia que los monjes benedictinos tenían junto al hospital de peregrinos. Era un día de gran tempestad y Juan, como tenía por costumbre, subió desde su aldea hasta O Cebreiro, llegando a la iglesia en el momento en que el monje estaba consagrando un pedazo de pan y un poco de vino. Este incrédulo, al verlo llegar, exclama: “Cual viene éste otro, con una tan grande tempestad y tan fatigado, a ver un poco de pan y vino”. En ese momento, el pan que sostenía se transformo en la carne de Cristo y el vino en su sangre, produciéndose el Milagro del Santo Grial.

En 1486 los Reyes Católicos peregrinan a Santiago, haciendo parada en O Cebreiro para contemplar el milagro y donar el relicario donde se guardan los restos. Hoy lo podemos contemplar en la capilla del Santo Milagro junto a la patena, y el Cáliz, símbolo de Galicia y presente en su escudo, piezas románicas del Siglo XII.

 

ORÍGENES DE LA QUEIMADA

"Aunque los antecedentes históricos de este ritual son bastantes confusos, parece clara una relación estructural con los ritos paganos de los pueblos de lengua indoeuropea como pudieran ser los arioindios o los pueblos celta-germánicos, en los que se ingerían bebidas ardiendo distintas del aguardiente - el cual empezó a elaborarse en los s.XII -XIII, al traer los árabes el alambique -. En una piedra hallada hace más de medio siglo en Pena Corneira, muy cerca de Ourense, se puede leer una inscripción que podría referirse a un antecedente de la queimada en época de las incursiones romanas: "Hay mucha hambre en la tribu,...  los romanos se lo llevan todo: el ganado, el grano, el vino, ... Corcio, el pescador de culebras, sacó de los palos una especie de vino blanco muy fuerte y lo vertió en una olla que estaba cerca del fuego, y este pasó a la olla ... quiso apagarlo con miel ... siguió ardiendo ...lo probó ... ahora lo tomamos todos y ya nunca más sentimos frio ..."

 

SABIAS ESTO DEL VINO DE GALICIA?

• El primer testimonio de la existencia del cultivo de los viñedos en Galicia corresponde a un lagar romano del siglo IV, excavado y descrito por el profesor Jesús TaboadaChivite, en los alrededores de Verín.

•En la expansión medieval de los viñedos de Monterrei desempeñó un papel importante el monasterio de Celanova. En e año 1.183, en la “cartapuebla” de Verín otorgada por Payo –abad de Celanova-,ya se establecía que cada casa tenía que pagar al vicario un moyo de vino.

•Durante el siglo XVII el condado de Monterreiposeía amplios viñedos en Castrelode Miño, hoy en la D.O. Ribeiro. De hecho, eran los condes de Monterreilos que establecían la fecha de inicio la vendimia.

.•Inicialmente, las cepas se plantaban en las laderas de las montañas pero, después de una epidemia de filoxera, su cultivo se trasladó al valle de Monterrei.

Todas las variedades de uva que se cultivan en terrenos de la Denominación son autóctonas.

La variedad conocida como Dona Blanca fue introducida por Doña Blanca de Azevedo–señora de Monterrei-que la trajo de Valencia do Sil (A Rúa)•En los suelos de Monterreise cultivan algunas de las variedades de uva más valoradas del mundo; es el caso de la uva godello.

Las cepas de las que se extraen los caldos de Monterreitienen una medida de edadde 20 anos.

En la D.O. Monterreise encuentra la bodega ubicada en la cota más alta de toda Galicia.

El primer viticultor que en Galicia empleó un método contra las heladas, a base de nebulizadores pertenece a esta denominación.

 

¿QUE ADORABAN LOS CELTAS?

Eramos politeístas y cada región veneraba especialmente a sus dioses locales, a los que vinculábamos sobre todo a las aguas, las montañas y los manantiales.

Teniamos también una demonología completa, seguramente más importante en la vida cotidiana que los grandes dioses.

Ciertos escritores antiguos dicen que los galos creían en una especie de espíritus elementales llamados DUSI, palabra que se tradujo al latín por incubi y succubi.

El culto a las aguas estaba muy extendido y nombres como Diva, Deva o Devona (la divina) eran apelación frecuente de nuestros ríos.

Divinizabamos las cimas de las montañas y algunas como el Ger, en los Pirineos, fue una divinidad hasta fines de la época romana, eran divinidades la Montaña Negra, las Ardenas etc

Otras cimas dejaron de ser dioses para convertirse en morada de los dioses como Dumias, dios tutelar del Puy de Dome que acabó siendo morada del dios Mercurio, cuyo templo se levantaba en su cima.

Había numerosas variantes locales y la mayor se produjo entre los celtas que habitaron la Galia y los que pasaron a las islas de Gran Bretaña (entre los que se produjeron también variaciones mitológicas).

Hay también otra tesis que afirma que los celtas teniamos una visión universalista de la divinidad, muy poco antropomorfizada, y que por tanto creíamos en un único dios con muchas funciones.

Los dioses de nuestro panteón serían manifestaciones de las múltiples funciones de ese dios, que se supone es el origen de todo, y que al entrar en contacto con el mundo greco-romano se transformaría en una multitud de dioses especializados.

 

TRADICIONES PASADAS

Inauguración real:

Se reunía al pueblo y se hacía traer una yegua blanca. El rey electo - pues la realeza no es hereditaria - se presentaba ante la asamblea y anunciaba, sobre manos y rodillas, que era un animal, a continuación pretendía (¿) copular con la yegua, que era después sacrificada y cocida.    Cuando el guisado estaba a punto, el aspirante se introducía en el caldero, bebía su caldo y comía la carne, tras lo cual era proclamado rey. Este ritual, aún se practicaba en el Ulster en el S. XII.

Las tres muertes:

Este ritual consistía en aplacar la ira de tres dioses, Teutates, Esus y Taranis.
Al primero se le aplacaba mediante la cremación de las víctimas, al segundo, mediante la suspensión de las mismas de los árboles (ahorcamiento), y al tercero, a través del ahogamiento, introduciendo preferiblemente a las víctimas en un gran caldero, aunque cualquier medio acuático, servía para dicho fin.
 

Cabezas cortadas como trofeos:

 Era nuestra costumbre cortar la cabeza de los enemigos caídos en el combate, los celtas creemos que el espíritu de un hombre reside en su cabeza, por lo cual la posesión de ésta suponía la adquisición de la fuerza del guerrero vencido; se colgaban del caballo del vencedor y una vez adecuadamente momificadas, se exponían como un trofeo.   En algunas tribus, la iniciación de los jóvenes guerreros consistía en salir del poblado y volver con una cabeza humana.

El Torques:

Representa el estatus del individuo, así, según su rango, podía ser de bronce, plata u oro, considerándose vencido el guerrero que perdiese el torques aunque siguiese armado.

Alianza entre clanes:

Para confirmar una alianza entre tribus, los jefes bebían unas gotas de sangre de cortes que se hacían en los brazos.

El Don :

Para nosotros era muy importante el Don. Consiste en empresas o servicios en los que se corría peligro de muerte.  Así, una persona pide a otra un Don, y ésta se lo debía conceder. No obstante si luego no cumplía, podía disponer para cualquier otra cosa de áquel que no se cumplió el Don concedido.

Deudas para la inmortalidad:

Es tal nuestra creencia en la inmortalidad de las almas, que solemos hacer préstamos que serán devueltos en la otra vida.

Leyes:

Las relaciones legales se establecían, no entre individuos, sino entre familias. Lo más destacable, es la ausencia de responsabilidad individual en el terreno penal, pues era el grupo familiar al completo el que debía asumir las acciones del infractor.

Todos los miembros de un mismo clan, debían satisfacer colectivamente la ofensa infligida y pagar el precio, en el caso de homicidio, el pago era de 7 esclavos o 21 vacas, este delito se llamaba "odio de sangre".

Era normal, sobre todo en Irlanda, la existencia de alguien de mayor rango que se responsabilizase del individuo fuera de su propio territorio, éste a cambio, le prestaba un servicio, generalmente militar; todo esto, sin que el implicado perdiese su estatuto de hombre libre ni su capacidad para poseer ganado y tierras.

Cuando un individuo del clan era expulsado de este, perdía todo derecho a protección ni a participar de los actos de su comunidad, siendo rechazado y abandonado a su suerte, encontrándose ajeno y desvinculado de su gente.

Era costumbre entre nosotros, hacer prestamos, que podían ser incluso satisfechos en la otra vida, siguiendo la creencia de la inmortalidad de las almas.

Matrimonio:

No muy conocido, el derecho matrimonial presenta rasgos arcaicos, predominando la patriarcalidad, ejerciendo su patria potestad sobre todos los miembros del clan.

Se practicaba la endogamia, salvo en las clases nobles, donde era normal tener varias esposas o maridos y amantes.

El matrimonio se podía concertar por un periodo de tiempo, tras el cual, ambos quedaban libres.

El divorcio era una prática muy normal.

Existen hasta diez tipos de contratos matrimoniales, desde el temporal, hasta el permanente.

Era asimismo, corriente la existencia de una esposa secundaria, y el concubinato era plenamente legal y aceptado, considerado como una situación lógica.

Sociedad:

No existen excesivas distinciones sociales, y así, la mayor ocupación se basa en el cuidado del ganado, la agricultura, aunque escasamente (de la que se ocupaban primordialmente las mujeres), la caza, la pesca y sobre todo la guerra.

Los ancianos son muy considerados, pues en ellos reside la sabiduría y en una sociedad de tradición oral, son los más viejos los que han podido aprender las diferentes historias de la cultura que han heredado.

Tan considerados como éstos son los "tirné", jóvenes guerreros saqueadores de los pueblos más ricos del sur, y pesadilla de las legiones romanas.

los celtas formábamos una sociedad militar, gobernada por valerosas reinas y reyes guerreros, y una clase alta de aristocracia.

Eramos respetados por nuestra habilidad como jinetes y por snuestra fiereza en el combate, al que acudíamos con ímpetu arrollador, después de haber cabalgado a veces, muchísimos kilómetros. La facilidad con que conquistamos enormes territorios, demuestra nuestro poder en la guerra.

Tanto los mitos como las fuentes históricas han reflejado el orgullo celta con que el guerrero se vestía para la batalla.

En la guerra de las Galias, César escribe: “Los celtas pintan sus cuerpos con tintura de glasto, para parecer más terribles.

"Llevan el pelo largo y los cuerpos afeitados, a excepción del labio superior y la cabeza".

Diodoro de Sicilia, contemporáneo de César nos describe así: "Altos, musculosos, de piel y cabellos claros, aunque no todos, si la mayoría; recogen su pelo hacia atrás en lo alto de la cabeza, dejándolo luego caer sobre la nuca y el cuello, de modo que presenta un aspecto tan recio como la melena de un caballo".

Herodías, en el S. III d.c. sigue:... "poco acostumbrados a llevar ropas, adornan sus cuellos y cinturas, lo que consideran un símbolo de belleza y de prosperidad económica, tatúan su cuerpo con dibujos abstractos y toda suerte de animales, acudiendo casi siempre desnudos a la lucha... "

Costumbres y Vestimentas:

Tanto hombres como mujeres prendíamos nuestros cabellos con gruesos alfileres y nuestras ropas con fíbulas; además nos adornábamos con joyas de oro y plata ricamente elaboradas.

Aquellos que no podían acceder a este tipo de joyas, se surtían de otro tipo de productos tanto indígenas como importados (objetos de bronce, con incrustaciones de metales preciosos, cuentas de vidrio, ...)

La vestimenta consistía en un sayo largo, hasta el medio muslo y provisto de mangas cortas realizado en lana o lino, que a veces se adornaba con motivos geométricos.  Esta vestimenta se cubría de una capa negra de lana para protegerse del frío y de la lluvia.   Ceñían sus vestimentas con cinturones de cuero con apliques metálicos.

 

LA LEYENDA DE LA FUENTE

 

Cuando un hombre tiene un por qué vivir;
soporta cualquier cómo
(NIETZSCHE)

Esta otra historia que me narró mi abuela, cuentan que ocurrió hace muchos años, en aquella lejana época en que los canteros deambulaban libres por los pueblos del continente sin vasallajes ni servidumbre alguna ni a reyes ni a iglesias. 

Cuenta la leyenda que el amanecer de un día de primavera partieron de nuestra aldea una cuadrilla de canteros llamados por la reina de un país lejano. Su trabajo consistiría en rehabilitar una vieja iglesia que amenazaba con desplomarse. La cuadrilla de canteros que partió hacia el lejano reino estaba compuesta por siete cofrades; el maestro y sus dos vigilantes, además de dos compañeros y dos aprendices. 

Al arribar a su destino, el maestro, tras un detenido estudio del estado de conservación del templo que debían reparar, distribuyó los trabajos entre los miembros de su cuadrilla. Amaro, el más joven de los aprendices, que era un gran conocedor del arte y un experto escultor, fue destinado a trabajar en lo alto de un andamio dentro del recinto sagrado del templo, reparando las figuras del interior en el altar de la iglesia y también taponar las fisuras de la parte abovedada de la cúpula.

El sacerdote encargado del santuario pidió permiso al maestro cantero para poder oficiar la santa misa cada mañana para que la reina y su hija Sarah pudieran cumplir diariamente con sus oraciones; cesando los canteros en sus trabajos brevemente, durante el tiempo en que se celebraran los oficios religiosos. 

En el tiempo de obligado descanso Amaro acostumbraba a quedarse en lo alto del andamio participando en silencio de la ceremonia religiosa. La presencia piadosa de Amaro no pasó desapercibida al sacerdote ni, por supuesto, para la reina ni para su bella hija Sarah. Desde el primer día ambas mujeres se percataron que aquel joven rubio, de cabello rizado y ojos claros, cesaba en su labor al comienzo de los oficios religiosos y seguía con devoción todo su desarrollo.

Tampoco para Amaro pasó desapercibida la presencia de la bella Sarah, instintivamente de sus ojos emanaban a diario miradas furtivas que iban a encontrarse con los tímidos ojos de la joven, reflejándose en su mirada un grácil brillo de alborozo. En el transcurso de los días fue floreciéndose en ellos un bello sentimiento, los dos jóvenes, sin proponérselo, se estaban encontrando por primera vez con las cautivantes sensaciones que despierta el amor.

Cierto día, tras la conclusión de los trabajos, el maestro de obras sabedor de los sentimientos que anidaban en el corazón de Amaro, emplazó al joven aprendiz, invitándolo a dar un paseo por el cercano bosque para platicar relajadamente. El maestro habló con crudeza al joven, expresándole que había descubierto sus sentimientos hacia la joven y le previno paternalmente, aclarándole que su situación, de seguir madurando esos afectos, podría acarrearle conflictos de difícil solución.

 Era notorio que se estaba enamorando de la joven princesa y le explicó que la chica pertenecía a un mundo diferente al suyo, que ella era muy rica y por tanto, una esclava de sus metales; contrariamente a él, que era pobre y libre de ataduras materiales. Le recordó que el día de su iniciación en el oficio de cantero, se había presentado ante el resto de sus compañeros del taller, vestido humildemente, como si fuera un indigente, despojado de todo tipo de metales y prometiendo ante el volumen de la ley sagrada que su principal riqueza residiría en vivir libre de ataduras, llevando una vida honesta en armonía con su conciencia. Le expresó con cruda claridad que la joven era dueña de castillos, de tierras y aldeas, y que él, solamente poseía un pequeño templo casi imperceptible para el resto de los humanos, un templo llamado mundo, que abarca desde el fondo de la tierra hasta el firmamento estrellado, un templo sin dimensiones medibles, que nace cada mañana en el oriente y alcanza cada atardecer hasta los confines del occidente. 

También le hizo participe de la fama de caprichosa y cruel que pesaba sobre la Reina y quiso que conociera que ella estaba enterada de sus sentimientos hacia su hija. Una mujer sin escrúpulos, era por tanto, muy peligrosa. Le hizo saber que el Rey había muerto en circunstancias extrañas y que por todo el Reino se murmuraba que fue la Reina quien había ordenado la muerte a su marido por celos. 

Amaro comprendió lo que su maestro deseaba transmitirle, pero no compartía los razonamientos de su censura. Le contestó con humildad que, también aquel día de su iniciación, prometió que siempre sería un hombre libre de prejuicios, que respetaría fraternalmente a todos sus semejantes, los seres humanos como seres iguales a él, que cómo hombre emancipado, otorgaba absoluta libertad a su corazón para enamorarse de la mujer elegida y que jamás reprimiría un sentimiento puro y virtuoso, que las riquezas y hasta la propia vida si fuera necesario, eran parte de su entrega generosa a los principios de la Orden de Canteros, pero que la honestidad consigo mismo era un principio inquebrantable.

El maestro intuyó que Amaro no sometería jamás sus emociones a sus razones y aunque presentía que aquella relación le acarrearía serias incomodidades, optó por respetar los sentimientos sinceros que iban germinando en el corazón del joven aprendiz y nunca más volvió a insistir en darle sus consejos, aunque todos los días observaba disimuladamente con curiosidad la marcha de la relación entre los dos jóvenes muchachos.

Cada mañana, a la hora de la misa, con el lenguaje mudo de sus miradas y con sus cómplices sonrisas, los jóvenes enamorados iban alimentando en secreto sus bellos sentimientos. Cegados por su amor, ninguno de los jóvenes se percató de que en corazón de la Reina también se habían despertado sentimientos hacia Amaro, sus miradas lascivas sólo fueron observadas por el maestro que intuyó que día a día la situación estaba agravando para su joven aprendiz. 

Una noche en que los canteros celebraban dentro del recinto de su taller la reunión semanal, ordenaron a Amaro que armado con una espada desenvainada hiciera guardia en el exterior del recinto, para salvaguardar que ningún intruso pudiera franquear la puerta del taller y penetrar en el interior, enterándose de los secretos del oficio de canteros.

Era cerca de la media noche cuando de entre las sombras surgió la joven Sarah. Sigilosa y sonriente se acercó hasta donde se encontraba Amaro haciendo guardia, el joven al verla se quedó petrificado. Ella se paró frente a él sin pronunciar palabra alguna. Sarah iba vestida con un vestido blanco, amplio y llevaba recogido sus cabellos rubios con dos largas trenzas. Amaro la miró en silencio durante interminables segundos. Hincó su espada en el suelo y se acercó despacio hacia ella.

 Asió sus manos con suavidad y fijó su mirada en los ojos de la joven. Ambos quedaron mudos durante largo tiempo mirándose en silencio. Amaro dejó resbalar lentamente las yemas de sus dedos por el rostro de la joven, besando con dulzura los párpados de Sarah. Con una leve gesto de su rostro la invitó a dirigirse hacia el bosquecillo cercano. Mientras caminaban asidos de sus manos, él pidió a Sarah que cegara sus ojos y escuchara el silencio; el leve susurro de las hojas de los árboles meciéndose al compás del viento, el crujir de las ramas al partirse con sus pisadas y el rumor del agua al correr libre por el arroyo; le indicó que se embriagara del aroma de la hierba húmeda, del perfume de las flores en la noche rezumante; que percibiera con sus pies descalzos la mullida sensación del suelo alfombrado de hojas secas. Amaro deseaba despertar en la doncella la facultad de percibir sutilmente el mundo con los cinco sentidos, presagiaba que en aquella estrellada noche sus cuerpos conocerían por primera vez el placer del amor. 

Amaro siempre había soñado que el día que se desflorara al amor, fuera de un modo delicado, entregándose con toda la ternura de su alma y con todo la sensibilidad de su cuerpo. Caminaron en silencio hasta llegar a un mullido helechal donde en la fiesta solsticial los miembros de su taller habían quemado la hoguera en la que ritualmente habían purificando su alma saltando sobre las llamas. 

Allí Amaro fue despojando quedamente de sus ropajes a Sarah, hasta dejarla totalmente desnuda frente a él. Con los dedos de sus manos fue acariciando delicadamente el cuerpo de la joven, como quien esculpe o moldea una figura humana, recorriendo lentamente cada milímetro de su piel. Posó sus labios delicadamente en sus párpados para cerrar los ojos de la muchacha y fue descendiendo, recorriendo con sus besos el cuerpo entero de la muchacha. Comenzó besando su frente y fue descendiendo por su boca, su cuello, sus axilas, sus senos, su pubis, sus muslos y sus pies, mientras, ella iba desnudándolo con delicadeza.

Desnudos ambos, se tendieron sobre los helechos y se fundieron en un efusivo abrazo, apretándose el uno al otro con sus brazos y sus piernas, olvidándose del mundo que les rodeaba, en aquellos momentos el universo se ceñía para ellos a sólo aquel reducido claro del bosque. 

Por primera vez los jóvenes se embriagaron de las dulces sensaciones del amor, en la noche primaveral descubrieron en su desfloración un nuevo universo de placer, sintieron la gratificante impresión de verse atrapados en un apasionado abrazo al sentirse penetrados el uno en el otro; al percibir la emoción de sus labios unidos sentían como crecía su amor en esos momentos de comunión, notaban sus irreprimibles deseos por poseerse más, mucho más, experimentando gozosas y ardientes sensaciones en su interior. Con su acto de amor se estaban conociendo de un modo más íntimo y auténtico, se sentían más vulnerables, sus latidos se aceleraban al unísono, al advertir en su más profunda intimidad las cálidas humedades de su pareja y alcanzaron a tocar con sus manos los cielos al deleitarse con sus orgasmos, poseídos enteramente el uno por otro.

 Sus sudores, su flujo, su semen y sus salivas se mezclaron, creando una pócima que inundaba sus cuerpos de una magia singular, que les descubría sus más íntimas y verdaderas emociones, sus ocultas necesidades y sus más secretos deseos. 

Ambos se sintieron tan próximos a sí mismos que fantasearon con ser una sola persona, apretándose con toda su alma en un fuerte abrazo, rodeando la joven la cintura de su amado con sus muslos, su cuello con los brazos y apretando sus senos contra el pecho de muchacho. Desearon alargar eternamente esa sensación de unidad y de gozo en la creencia que jamás se extinguiría la llama que acababan de prender.

Pero el destino quiso que todo ese gozo se consumiera en un instante, los guardias armados de la Reina que sigilosos los habían espiado, interrumpieron bruscamente sus sueños, poniendo fin a esa efímera eternidad de dicha absoluta. Los separaron y mientras prendían a Amaro, alzaron violentamente a la joven princesa, con absoluta frialdad y sin mediar palabra alguna, con un afilado cuchillo sajaron la garganta de Sarah ante la mirada atónita de chico. Bajo la parpadeante y tenue luz de las antorchas resaltaba el rojo color de la sangre derramada de la muchacha, tiñendo el cuerpo de Sarah de una nebulosa visión, él fijó su mirada en los ojos aún abiertos de la joven, eran como un mudo grito de desesperación, una mirada del terror, una súplica silenciosa rogándole que no la abandonara. 

Amaro fue reducido y amarrado con fuertes correas fue conducido a presencia de la Reina, ésta sin mostrar el más mínimo sentimiento de dolor por la muerte de su hija, le propuso que aceptara unirse secretamente a ella o de lo contrario, sería acusado de asesinato de su hija Sarah y ejecutado en público en la plaza del pueblo al amanecer del día siguiente. Amaro no titubeó ni un solo instante, nada respondió, bastó la frialdad de su mirada para conocer con nitidez su respuesta. Fue conducido a los calabozos del castillo a la espera de que se hiciera público por la mañana del día siguiente, el asesinato de la princesa y la detención del joven cantero como su criminal asesino. 

Con las primeras luces del alba, los carceleros encontraron en la celda el cadáver de Amaro; había puesto fin a su vida ahorcándose con las cadenas que lo maniataban. 

No hubo juicio. Las muertes se hicieron públicas por medio de un bando real, culpabilizando a Amaro del asesinato de la joven Sarah. 

Los canteros tras hacerse cargo del cadáver de Amaro, pidieron permiso a la Reina para portar el cuerpo inerte de su joven aprendiz e inhumarlo en su país; deseaban devolverlo a las tierras húmedas del Finisterre donde él vino a la vida, en aquel lejano lugar donde muere el sol cada día, querían devolver el cuerpo del joven a la madre que lo entregó siendo niño a la cofradía de canteros para que lo iniciaran en el oficio y la moral de los constructores de templos.

Tras una ritual ceremonia fúnebre, los canteros abandonaron el pueblo y pusieron rumbo al occidente. Tres de ellos quedaron por algún tiempo para rematar las obras, retejando la cúpula de la iglesia. Cuando finalizaron la obra se presentaron ante la Reina solicitándole permiso para abandonar el reino con las primeras luces del día. Ella, después de comprobar que las obras estaban correctamente rematadas, otorgó su consentimiento para que pudieran abandonar libremente el pueblo, dando orden de que partieran al amanecer del día siguiente. Con las primeras luces del día, un séquito de la guardia real se presentó en el taller de los canteros para acompañar a los tres constructores hasta los límites del reino. Los obreros ya no estaban en el taller, agazapados en las sombras de la noche habían partido en silencio. La Reina sospechó de tan discreta y rápida partida y ordenó exhumar el cadáver de su hija.

 Sus sospechas se confirmaron, el cuerpo de su hija Sarah había desaparecido. Ordenó partir a sus soldados en busca de los canteros, apresarlos y devolverlos al reino para juzgarlos por la profanación de la tumba de su hija.

No lograron alcanzarlos, cruzaron las fronteras del reino y solicitaron la protección de los reinos vecinos. La Reina juró vengarse y montó una partida con sus soldados más fieles para que en secreto se trasladaran hasta las tierras del Finisterre, localizaran el emplazamiento de la tumba y separaran los cuerpos de los dos jóvenes, no permitiendo que reposaran unidos durante la eternidad. 
Ya en la húmedas tierras de Galicia los canteros tras enterrar los cuerpos de los dos enamorados, dejaron al cuidado de su sepultura a un vieja aldeana, viuda de un antiguo maestro de cantería y fiel a los principios de la orden. La anciana plantó dos rosales, uno en la cabecera de cada una de las sepulturas de los cadáveres, uno rojo que simbolizara la pasión de los amantes y otro blanco que simbolizara la inocencia de su cariño. 

Cuando los soldados disfrazados de peregrinos llegaron a la aldea, no tardaron en descubrir las tumbas de los enamorados. Armados de una pica y una pala procedieron a desenterrarlos. La vieja alertada por los aullidos de su perro lobo, corrió a detener el acto sacrílego. Aún no habían logrado desenterrarlos cuando llegó la vieja a lugar de la tumba. Con sus brazos alzados se interpuso entre los hombres armados y las sepulturas que estaban cavando, uno de los soldados asertó un golpe con la pica en la cabeza de la anciana y cayó muerta sobre las sepulturas. El cielo no les dio tiempo de seguir con su macabra tarea, repentinamente se tiñó de gris y estalló una ruidosa tormenta, entre ensordecedores truenos, una lluvia de rayos cayó sobre el lugar, despavoridos los soldados huyeron aterrados, un ultimo rayo cayó a los pies de los rosales hundiéndose en la tierra, formando un gran boquete del que comenzó a manar un agua cristalina. 

De la vieja hoy ya nadie se acuerda, los rosales unieron sus ramas y hoy a los pies de la fuente de los enamorados brotan cada primavera flores de un irradiante color rosa, simbolizando en su colorido a aquellos amantes que siguen unidos en su peregrinar por el oriente eterno hasta el día que en el juicio final el Creador haga justicia.

CORME sus playas, su paisaje y su paisanaje

El Paraíso Ignorado POR .....ALGUNOS

Fotografías de Angel Martinez y José Ramón Varela

De camino hacia ninguna parte, CORME es el destino idóneo para quien desee huir de la masificación, descubrir la secular Galicia que aún vive al ritmo que marcan las cadencias de la naturaleza.

En CORME el tiempo se detiene. Ubicado en el final del mundo, en la llamada Costa de la Muerte, los días se niegan a morir y mientras en el resto de Europa ya ha oscurecido, aquí el día alarga su agonía hasta que le sol, en ocasos indescriptibles, es engullido por el mar.

Traiga despertador a CORME, los graznidos de los cuervos y las gaviotas le despertarán, anunciándole que ha llegado la hora de gozar a la luz del día de las frías aguas de sus playas desiertas, de sus calas salvajes o de los largos paseos por senderos solitarios juntos al mar o por sus abruptos montes.

Si prefiere hacer deporte, CORME le ofrece espacios para la pesca, el buceo, la navegación o el windsurf, también se puede escalar bloques pétreos en el mayor y más impresionante “rocódromo” natural de España.

Más de 5.000 años de historia conviven silenciosos en los alrededores de este pueblo secular, la región con mayor concentración de yacimientos megalíticos de Europa: Dólmenes, petroglifos, poblados celtas y castros. La piedra hecha poesía en arcaicos cruceiros y hórreos esculpidos durante siglos por el agua y el viento. Pequeñas iglesias que abarcan diferentes estilos desde el prerrómanico al barroco. Castillos y pozos. Viejas calzadas romanas y medievales desgastadas bajo el peso del caminar de la historia.

Pero no todo es historia en CORME y sus alrededores, también nos muestran orgullosos su presente: Museos, artesanía y moderna gastronomía. Sus percebes, llamados del Roncado, tienen fama de ser los mejores y más acreditados del mundo. Si se acerca a la costa un día de marisqueo, descubrirá la dura, y en ocasiones mortal, forma de ganarse la vida de estas gentes.

Le invitamos a que eche un vistazo a sus playas, sus ocasos, y su paisaje cambiante.

 

Sus playas, pequeñas, discretas, aisladas y solitarias son refugio de artistas

COSTA DE LA MUERTE

Origen, Historia y Costumbres

   Tendría yo unos veinte años cuando la muerte rugió reclamándole la vida a mi padre. Murió en Euskadi, una tierra extraña, en la que había vivido más tiempo que en su tierra natal, la Costa de la Muerte y jamás, a pesar de la emigración, la guerra, la cárcel y de los sufrimientos que padeció por la incomprensión de algunas personas de su aldea, nunca llegó a integrarse plenamente su tierra de adopción. 
Una poetisa vasca, Araceli Asturiano, versificó su muerte en un poema. 

A UN VIEJO MARINERO

Tenía nueve años
y un fardel y unas botas
demasiado grandes para sus pies.
Mordiendo la lágrima rebelde
aprendió a ser hombre,
vomitando de miedo y de nostalgia
por la niñez.
Y luego se hizo amigo de la espuma
y del llanto de la mar.
Y surcos de salitre salpicaron el rostro
de aquel viejo marinero,
Cuando la muerte rugió bajo la almohada.
Y en su delirio, dicen que gritaba:
Llevadme a la mar,
llevadme,
que no quiero morir 
como un cobarde

 
Desde aquellos lejanos días en que leí por primera vez aquel homenaje póstumo, no he dejado de pensar en los versos finales del poema. ¿Qué le hizo pensar a esta poetisa, que el hombre moribundo deseaba fervientemente morir en la mar? Esa pregunta, sin respuesta posible, me empujó a indagar en qué extraña cultura se había amamantado mi padre, qué pócima, si la hubo, consumió siendo un niño para marcarle de por vida, hasta su muerte, a seguir unido por ese invisible cordón umbilical a la mar o si todo fue el resultado del destino, que lo empujo siendo un niño de nueve años a embarcarse y nunca tuvo fuerzas para descerrajar ese grillete que lo encadenaba inexorablemente a vivir y morir en torno a su maternal mar.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces y de algún modo, sigo planteándome la misma pregunta. Quizás él, con sus silencios, me contagió del mismo hechizo y desde hace años he indagado sobre su significado. La primera incógnita que se me planteó fue descubrir el motivo de que a esa perdida costa, donde la vida fluye con fuerza, se la haya bautizado con tan tétrico nombre. 
Ignoro quién tuvo el acierto de bautizarla con tal tenebrosa denominación ni cuándo lo hizo. Razones no le faltaron. 
Tan tenebroso nombre para un lugar tan enigmático, es obvio que no nació de la inspiración poética de ningún iluminado, su origen se pierde en el silencio de la noche de los tiempos. 
En la mitología que nos narra la creación de Irlanda, podemos leer que fue Partholan el primer ser en llegar a Irlanda. Llegó con su Reina Dalny y un grupo de compañeros. Vinieron del Oeste, de la tierra de los muertos. Sería, quizás, esta tierra occidental de los muertos, el Finisterre gallego. 
En la mitología que gestó la cultura occidental, allá en la sabia Grecia, ya denominaban a esta costa como la Tierra de los Muertos. El Finisterre de los antiguos griegos, comprendía la parte de Galicia que aparece con el nombre de Dutika Mere, que significa región de la muerte. No debemos olvidar que en aquella tierra plana, esta franja de tierra era el fin del mundo, donde el Sol (Helios) era tragado a diario por el océano. Cada atardecer se hundía en Hades, país de los muertos, que el Sol atraviesa para renacer de nuevo por senderos misteriosos en el oriente, emergiendo cada mañana con todo su esplendor.
¿Qué mejor "Costa de la Muerte" que aquella en la que la tierra termina, y el océano se desploma en el abismo, en el reino de Hades? La simbología es muy poderosa, y además, está reforzada por el trazado de la Vía Láctea, que viene a morir en ese mismo punto del continente. Tiene una relación lógica con la idea de una tierra plana, que termina en los extremos.
Siglos después, cuando las invictas legiones de la Roma Imperial, mandadas por Decimus Junnius Brutus alias Callaicus (Gallego) alcanzaron el límite fronterizo entre la tierra firme y el océano inmenso, el "non plus ultra", sus valerosos soldados se aterrorizaron al comprobar que el sol era engullido cada atardecer por el Mar de la Tinieblas y bautizaron el lugar con un nuevo nombre, llamándose desde entonces Fin de la Tierra o Finisterre. 
La realidad es que pocos lugares descubriremos en el mundo que tengan un nombre tan siniestro y a la vez tan revelador de la cotidiana realidad de sus gentes, como la Costa de la Muerte. 
Así que, probablemente, desde los albores de la historia este lugar ha sido relacionado con la muerte, pero hay más razones, muchas más, para escarbar en busca de esa denominación tan acomodada a su realidad.
Previamente ubiquémosla en el mapa, sus límites pueden variar según qué fuentes tomemos como referencia. La más acertada y, a mi juicio, mejor ubicada, es la que delimita por el sur en el Cabo de Finisterre (Fisterra) y por el norte en las Islas Sisargas (Malpica de Bergantiños), no obstante muchos geógrafos la ensanchan desde el norte de la Ría de Muros hasta Caión. Es la costa más occidental de Europa y toda ella está dentro de la provincia de Coruña, entre la Rías Bajas y las Rías Altas.
Los pueblos primitivos que habitaron esa costa no conocían la escritura y lo poco que sabemos de su historia es a través de los historiadores griegos y latinos. 
La población aborigen protocéltica conocida como Oestrimnios, dio paso a los celtas de cultura castreña, conocidos como los Sefes o Serpes que quiere decir Serpientes; nos dejaron esculpido en la piedra sus creencias paganas y su sabiduría tribal. Abunda en la zona, como en casi toda Galicia una cultura enraizada en la piedra, castros donde habitaron y se defendieron de los temidos invasores, dólmenes donde enterraron a sus muertos, menhires en los que adoraron a sus dioses, petroglifos, cruceiros y hórreos que nos ayudan a intuir tímidamente algo más su pasado. 
En la zona norte de esa costa, en la aldea de Gondomil, en Corme, se encuentra lo que algunos historiadores denominan el más antiguo monumento pétreo de Galicia, hoy puesta en duda su antigüedad por algunos historiadores que la ubican en la Edad Media, es una serpiente alada labrada en relieve en una roca granítica que se supone era un altar de las tribus cercanas, los llamados Serpes (Serpientes) y que ha llevado a los historiadores a apuntar la posibilidad de que estas gentes adoraran a los ofidios. Desde hace unas décadas, esta piedra sagrada para los ancestros celtas, fue deshonrada por la soberbia cristiana y sobre ella esculpieron una cruz invasora, símbolo de la nueva cultura dominante.

    Según me narró mi padre siendo yo un niño, con ocasión de mostrarme la "Pedra da Serpe" a él se lo había narrado su abuela y probablemente a ella se lo narraría algún antepasado, "En esta zona en la parte alta de la playa, resguardado de los crudos vientos del norte, hace miles de años, se encontraba ubicado un noble pueblo, el pueblo de nuestros antepasados, llamado de los Sierpes. Sus gentes eran pacíficas y disfrutaban de una gran cultura enraizada en la armonía de la naturaleza, conocían la experiencia iniciática de la piedra en la que tallaban y esculpían bellos petroglifos, adoraban al dios de sus antecesores y respetaban la sabiduría de sus mayores. Vivían modestamente de su mar, de la pesca y del marisqueo, utilizando las algas que la marea varaba para abonar las escasas y pobres tierras que labraban. 
Su dichosa y apacible vida fue sacudida violentamente por la ambición de los más jóvenes e intrépidos de la aldea. Desoyeron los sabios consejos de los ancianos trocaron su serena existencia de pescadores por el agitado oficio de guerreros y piratas, su arrojo y valentía les reportó en muy poco tiempo grandes riquezas y cantidad de esclavos. 
La solidaridad y el respeto a las decisiones de los ancianos de la tribu, que habían sido el más grande vínculo de unión entre los habitantes de la aldea, desaparecieron, y su lugar fue ocupado por el dictado de los más fuertes y pendencieros, por la codicia y el individualismo; así el trabajo, perdida su virtud, dejó de interesar a los aldeanos y pasó a ser la infame labor de los innumerables esclavos que apresaban en sus correrías por tierras y mares extraños. Cegados por la riqueza y la abundancia, se entregaron a la ociosidad y a los más indecentes vicios. Cuando no guerreaban se entregaban a la placidez de la pereza y al disfrute de la gula y la lujuria, sus festines nocturnos en la playa las noches de luna llena en torno a las queimadas de aguardiente de tojo, duraban hasta el alba. En el transcurso de estas orgías, amenizados con la música uniforme y repetitiva que componían golpeando unos rústicos atabales y resoplando caracolas marinas, se intercambiaban para fornicar a sus esclavas más jóvenes y bellas. Los más depravados y crueles sodomizaban a las criaturas adolescentes más hermosas, llegando incluso, con ocasión de los solsticios de verano e invierno, a luctuosos y cruentos sacrificios humanos en agradecimiento a los nuevos dioses paganos importados de tierras extrañas. 

    Ante tanta barbarie, su dios primitivo, aquel del que hoy en la aldea ya nadie recuerda su nombre, enojado por su abjuración y cansado por la obstinación de tal primario y brutal proceder, los amenazó, conminándoles a poner fin de inmediato a tanto atropello, guerras, saqueos y muertes, aconsejándoles que volvieran a vivir como antaño, de su trabajo, obedeciendo las leyes de la sabia naturaleza, en comunión armónica con la tierra que les vio nacer y los alimentó, respetando a los pueblos vecinos, educando a sus vástagos en el trabajo y en la solidaridad, sin excesos embrutecedores o de lo contrario, caso de hacer oídos sordos a su recomendaciones, descargaría su ira contra ellos y los haría desaparecer para siempre, arrasando la aldea, las embarcaciones, el ganado y las personas. 

    La gran mayoría del pueblo no tomó en consideración las palabras conminatorias de un dios que había sido ya abandonado por ellos. Pensaron que las amenazas carecían de valor, que eran producto del enojo de quien se siente repudiado, afirmando no tener necesidad de un dios que siempre les había mantenido en la pobreza, un Dios que les prohibía gozar de sus festines nocturnos y les amenazaba con castigos eternos. 
Sólo unos pocos, los más temerosos de su dios, acompañados de la mayoría de los ancianos, se arrepintieron públicamente, enmendaron su vida y rectificaron su salvaje proceder. Inútilmente trataron de convencer a sus vecinos para que los imitasen y les siguieran; sólo lograron ser el blanco de sus algazaras y algún que otro disgusto. Antes de que les llegara la condena a sus convecinos, optaron con escasa esperanza y como última disyuntiva, por interceder nuevamente ante el dios antiguo, le pidieron que perdonase a sus hermanos pecadores e hicieron ofrendas y sacrificios. 

    Solicitaron en vano compasión y clemencia tratando de evitarles el castigo divino. Todo fue inútil. El dios implacable ordenó a los arrepentidos que recogieran sus pertenencias y aperos y abandonasen la aldea de inmediato, asentándose en lo alto de la loma que bordea la playa, en el lugar llamado de Gondomil y desde allí, encumbrados en lo más alto de la atalaya, pudieran observar el castigo que iban a sufrir sus hermanos pecadores. 
    Fue una noche cálida, una noche de verano en la que la luna llena iluminaba débilmente el valle donde se asentaba la aldea de los entonces conocidos como la gran tribu de los Sierpes. De repente, el claro atardecer se trasmutó en noche negra, estalló una gran tormenta, decenas de rayos cayeron sobre el poblado y un gran diluvio de fina arena blanca enterró para siempre a hombres, ganado y hogares. Aquella noche la alegre fiesta se convirtió en triste enterramiento; los animales alocados corrían de un lugar a otro ladraban y mugían ensordecedoramente. Las gentes aturdidas clamaban piedad e inútilmente trataban de huir. A cada paso, a cada intento de escapar del castigo, nuevas arenas caídas del cielo los volvían a enterrar. Los fuegos de los hogares se fueron apagando, las fuentes se secaron y se acallaron gritos y gemidos, un silencio sepulcral invadió la noche estival. Pasada la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada. Al alba, una gran montaña de arena blanca ocupaba el lugar donde la víspera se encontraba la aldea. No hubo niño, ni mujer, ni anciano o joven que pudiese haber salvado la vida. 
Sus hermanos, aquellos que se salvaron y fueron testigos de lo ocurrido, se afincaron en el vecino altozano de Gondomil, construyeron como testimonio funerario que recordase por los siglos a aquel olvidado pueblo al que nunca dominó hombre alguno y que fue irremediablemente derrotado por la riqueza, la ociosidad y el vicio, un altar en la roca más céntrica del lugar. La gran piedra situada junto a la encrucijada, esculpiendo en ella esta serpiente alada. 
Esta leyenda de héroes y villanos quedó grabada en mi mente, como había quedado en la mente de mi padre desde que se lo narró su abuela y que con sabiduría aldeana, nos enseña que una vida de trabajo honesto, aunque pobre, es más digna que el enriquecimiento codicioso. Y mucho me temo, que siempre en esa costa han vivido en esa dialéctica. Aún hoy en día hay quien se enriquece traficando por mar sin escrúpulos, pero la inmensa mayoría de sus gentes, han optado por vivir del trabajo, condenándose a emigrar desgarrando su cuerpo del alma de su tierra. Sólo en la provincia de Guipúzcoa hay más descendientes de Corme, que los que habitan la aldea.

    Y si esta piedra ya nos muestra indicios a través de su leyenda, como vivieron y como viven aún hoy sus habitantes oscilando entre el trabajo honrado y el tráfico criminal, hay otras piedras que pueden ofrecernos indicios que nos ayuden a comprender el sentir profundo de sus gentes y mostrándonos esa simbiosis entre piedra y hombre a lo largo de toda la Costa de la Muerte. Simbiosis que viene desde antes de inventarse la propia Historia. Son esos testigos graníticos con los que construyeron hace unos 5.000 años sus dólmenes, piedras como las que se ubican a pocos kilómetros de la "Pedra da Serpe" en el lugar conocido como "Chan de Borneiro" del municipio de Cabana, el Dolmen de Dombate, la construcción megalítica más emblemática de Galicia, donde nuestros antepasados prehistóricos nos legaron sus huellas en las pinturas rupestres de sus cámaras mortuorias. Piedras con las que construyeron esos míticos castros, como el de Borneiro, hoy desenterrado para curiosidad de los visitantes donde nos muestran como era un poblado celta; piedras con las que construyen desde no se sabe cuando, esos hórreos a la vez humildes y majestuosos; o los cruceiros que topamos en cada rincón; los petroglifos que siembran toda la geografía de la costa; la "Pedra de Abalar" o la "Pedra dos Cadrís" junto al la ermita de La Virgen de la Barca; piedras que fueron testigos mudos de decenas de hundimientos con "O Centolo" en Finisterre o como la "Pedra Do Roncudo" hundida a media milla de la costa, donde se mariscan los que tienen fama de ser, los mejores percebes del mundo. Hay otras piedras, exentas de ornamentos, pero no exentas de historias personales, que nos hablan de maridaje ancestral entre piedra y hombre, son esos humildes guijarros que forman los milladoiros, mudos testigos del paso de hombre por un lugar sagrado, nacidos en las ancestrales creencias paganas, hoy se han cristianizado, ofreciéndonos la versión apocalíptica de que cuando "en el juicio final hasta las piedras hablarán", esos guijarros testificarán, dando fe de qué personas visitaron ese lugar.
Piedras que nos vuelven a poner en contacto con ese origen incierto de la Tierra de los Muertos. Según la mitología griega, Hermes trasladaba a los infiernos las almas de los muertos ayudado por Caronte que conducía su barca de "piedra" hasta Hades. 
 

    Y junto a la piedra, nuestros ancestros nos legaron la voz. Como muchos pueblos primitivos, a lo largo de la historia han mantenido una tradición oral trasmitida generación tras generación que ha llegado hasta nuestros días, obviamente con los retoques y matizaciones culturales de cada época y es en esa tradición donde se encuadra otro de los posibles orígenes de su nombre. 
Siempre que he viajado a la aldea, cada vez que se presentaba la ocasión de hablar con alguno de los viejos del lugar, les preguntaba si conocían de dónde procedía esta denominación tan mortecina de nuestra costa. 
    Tuve muchas y variadas respuestas. 
Algunos ancianos defendían que es el justo calificativo para un lugar donde, hasta hace muy pocos años, la piratería lugareña cercenó muchas vidas de pacíficas tripulaciones que navegaban por sus aguas costeras, originando una sombría leyenda, que sigue pesando, aún hoy, sobre sus pobladores. 
    Otros, menos crédulos, rechazaban por aldeanas y fantasiosas las leyendas que escucharon a sus padres y otorgaban a nuestra mar traicionera la verdadera razón de su nombre, a esa mar que se estrella rabiosa contra el litoral, engullendo sin piedad en su fondo, en demasiadas ocasiones, a barcos y hombres. 
También oí explicaciones de tintes más históricos, las basaban en el hecho de que en la antigüedad, los geógrafos veían que este temido Finisterre era el final del mundo conocido, la frontera con la mar infinita, con la muerte. Era esta costa, entonces, la línea que separaba la vida conocida del enigmático más allá. 
Existían también interpretaciones más esotéricas, defensores de la existencia de una legendaria tradición de caminantes, predecesores de los actuales peregrinos. Esta costa era el final de un largo camino, un camino que estaba escrito en el firmamento las noches estrelladas, La Vía Láctea, que según la tradición oral era seguido por aquellos que se querían iniciar en el sacerdocio druida. Legaban en busca de una muerte alegórica, al lugar donde cada día muere el sol para renacer a otra nueva vida de luz. Eran, según me contaban algunos ancianos, celtas como nosotros, venían de las frías tierras del norte y hablaban la misma lengua que los antiguos sierpes, aquella que perdimos cuando los romanos colonizaron nuestras tierras.

 

    Este es el mismo camino que el druida gnóstico Prisciliano, Obispo de Ávila; acusado, condenado y degollado por prácticas heréticas recorrió después de muerto. 
La cabeza de Prisciliano rodó por los suelos en Tréveris en el año 385; cuatro años después, varios de sus discípulos gallegos reclamaron su cuerpo para trasladarlo a su hermética tierra gallega y darle cristiana sepultura. El cuerpo fue llevado a hombros a lo largo de la Galia y la Hispania, recorriendo "casualmente" un itinerario que con el paso de los siglos se convertirá en la ruta jacobea, el hoy popular "Camino de Santiago". 
    Prisciliano fue inhumado en su tierra natal, Iria Flavia. Desde entonces, un silencio sepulcral se cernió sobre su estirpe. Hoy, tímidamente se alzan algunas voces recordando que Santiago nunca habitó en la Hispania y murió a muchas leguas de distancia de los verdes campos gallegos desde donde se divisa el Mar Tenebroso y que quizás, no fuera descabellado el pensar que el sepulcro encontrado en el Campo de la Estrella, fuera el de druida Prisciliano. 
    Otros más apegados a la tradicional cultura de la muerte, tan arraigada en nuestras aldeas, fundamentaban sus creencias en la presencia casi obsesiva de la muerte en nuestras vidas cotidianas, resaltaban la importancia y veneración que en esta tierra se le da a esa muerte que impregna todo cuanto hacemos, a esa mezcla de temor y seducción con la que convivimos en complicidad y absoluta familiaridad. 
    De hecho a lo largo de la historia, quizás desde la invasión cristiana, igual que le ocurrió a la "Pedra da Serpe" e igual que Hermes pasó a llamarse San Roque, esta costa perdió en su denominación toda referencia a la muerte, hasta alcanzar el siglo XX, en que Eugenio Carré Aldao, en su obra Geografía del Reino de Galicia, escrita en los años veinte, es uno de los primeros en hacer alusión al nombre de Costa da Morte. Según él afirma, procede de una antigua leyenda recogida ya por el Licenciado Molina a mediados del siglo XVI, cuando habla de Fisterra, diciendo que es el fin de la Tierra, y que a la derecha de esta punta se desconoce todo tipo de navegación y que a partir de aquí no se ha navegado.
    Lo cierto es que la muerte está presente en nuestras vidas desde el mismo momento de nacer, en la intimidad de la familia, en nuestras impenetrables creencias paganas y en las abundantes leyendas que han esculpido desde antiguo nuestra cultura. 
    Ninguna de aquellas explicaciones llegó a satisfacerme totalmente, aunque todas ellas tenían un fundamento razonable.
Esta porción de costa maldita está ubicada en el extremo occidental de Europa, en el ocaso, allá donde la tierra termina para dar paso al ancho océano. Es esta, verdaderamente, una tierra de antiguas y profundas tradiciones, de supersticiones y leyendas que tienen a la muerte como protagonista principal. Leyendas que han sido trasmitidas entre susurros de padres a hijos, al calor del hogar, en las tertulias familiares de las largas tardes de invierno, en esas jornadas en las que los temporales impiden zarpar a las chalanas en busca del pescado de cada día. Estas leyendas son secretos de familia, secretos de aldea custodiados con complicidad. No aptas para ser narradas a personas extrañas. 
    La Costa de la Muerte es una comarca de profundos silencios, de aldeas aparentemente vacías y fantasmales, donde el forastero, al adentrase en sus solitarias calles, percibe la extraña sensación de estar vigilado por cientos de curiosas miradas que surgen detrás de cada ventana. 
    Es una tierra triste y húmeda, teñida de gris por las insistentes brumas que ascienden solemnes desde la mar océana y regada uno y mil días por el pertinaz orvallo. El fondo de sus aguas es desde hace siglos un enorme campo santo, donde reposan entre achatarrados barcos hundidos, cientos de marinos ahogados.
    En su abrupto litoral golpea la mar con fuerza demoledora, provocando la secular cadena de hundimientos y tragedias que, según sostenían algunos, han dado el nombre a esta costa, al propio tiempo que se iba mezclando en la tradición popular la realidad con la fantasía, la historia con la fábula y se iba cimentando la macabra leyenda de la Costa de la Muerte.
    Esta leyenda de la Costa de Muerte, como todas las leyendas que allí se cuentan, se enmarcan dentro de la tradición mitológica celta de sus habitantes y se desconoce a ciencia cierta a que épocas se remonta. 
Es evidente que esta historia o leyenda de la Costa de la Muerte tuvo que originarse en tiempos remotos, en fechas en las que no existían en las costas cercanas faros de navegación, o acaso, sólo uno, el ubicado en la llamada Torre de Hércules de La Coruña. 
    Eran tiempos lejanos, donde tal vez, las dos únicas señales marítimas posibles, fueran la ancestral costumbre de hacer sonar con sus soplidos las caracolas de mar en los días de niebla y las pequeñas hogueras que las mujeres encendían en los cabos y atalayas para señalar a sus hombres el camino de regreso a tierra.
Cuenta la leyenda que en este territorio, prácticamente aislado por tierra de cualquier contacto con otros pueblos, sus gentes malvivían casi exclusivamente del trabajo de los hombres en la mar, alternando las faenas marineras con la labor de las mujeres que se dedicaban al cultivo de pequeñas huertas y la cría de algunos animales domésticos. Aún, cuando yo era un niño, la alimentación en la aldea se restringía primordialmente al consumo de pescado y patatas, algo de carne y casi ninguna verdura ni fruta, sólo aquellas que se cosechaban en el huerto familiar. 
Y si por tierra han estado aislados secularmente, por mar siempre han vivido saturados de visitantes. Nuestro litoral siempre ha congregado uno de los mayores tránsitos marítimos de Europa. Desde tiempos inmemoriales todos los barcos que provenientes del norte de Europa se encaminan hacia el Mediterráneo o África, tienen que bordear la Costa de la Muerte antes de enfilar sus proas hacia sus deseados destinos. Destinos que lamentablemente en ocasiones se tuercen, quedándose hombres y barcos fondeados para siempre en las profundidades de nuestros acantilados. 


La llamada leyenda de la Costa de la Muerte se sustenta en un hecho real, el excesivo número de hundimientos que verdaderamente se han dado a lo largo del litoral, culpabilizando de ello, a los nativos de la región. Sólo en el último siglo se contabilizan más de 150 hundimientos, con cientos de muertos y se ha perdido la cuenta de sustos y tragedias marítimas menores que sin embargo perviven en la memoria de sus habitantes. Tragedias entre los mariscadores de tierra y a flote. Una de las últimas, acaecida en la aldea de Corme puede servir de paradigma de la cotidiana realidad de sus gentes. Una joven viuda, madre de varios hijos, que había perdido su marido en la mar, decide trabajar como percebeira para poder ganar el sustento de sus vástagos, en su primera jornada de trabajo, bajó a las piedras, su inexperiencia y su necesidad le hicieron olvidar por un momento que nunca se debe dar la espalda al océano. Un golpe de mar, sin previo aviso, le estalla en su espalda y se la lleva al fondo a descansar eternamente con su marido.
La leyenda cuenta que en las noches de temporal y de poca visibilidad, cuando las lluvias tempestuosas o las brumas impedían a los navegantes avistar la costa, pequeños grupos de paisanos acudían con sus bueyes a pasearlos por los límites de los cabos, colgaban de los cuernos de las bestias pequeños faroles encendidos que simulaban, con el andar cansino de los animales, el balanceo de las luces de otras embarcaciones navegando. 
Los patrones de los buques que cruzaban la costa, al confundir la luz de estas farolas con la luz de alguna otra embarcación que navegaba más a tierra y a mayor resguardo de la tempestad, optaban por imitarla, aproximándose ellos también a la costa, cayendo en una trampa mortal, y precipitándose inevitablemente contra los escollos. 
En pocos minutos el barco engañado estaba perdido, aprovechando entonces la turba de lugareños para saquearlo y si fuera preciso, asesinar a los atemorizados e indefensos náufragos. 


    Otras versiones más benévolas y menos siniestras, ubican a los piratas, tras provocar los hundimientos, en las playas interiores de las rías, esperando pacientemente a que las corrientes marinas se encargaran de transportar hasta la orilla el ansiado botín.
Lo que haya de verdad en esta historia es algo imposible de conocer, ya que nunca nadie ha reconocido públicamente haber participado en tal bastardo proceder, si bien es cierto que, aún hoy, los más viejos de lugar recuerdan haber acudido a las playas a incautarse de los enseres y la carga de los navíos hundidos fortuitamente y que la mar varaba entre las rocas y los arenales de las rías. 
La muerte, por tanto, es la madrina de esta costa, recientemente el último hundimiento en la Costa de la Muerte del petrolero "Prestige", ha provocado que su nombre resuene como un eco en los medios de comunicación del mundo entero. Esta desgracia que ha teñido de negro chapapote la costa del Finisterre, no es la primera, ni desgraciadamente será la última, ni tan siquiera por ser la más conocida es la más trágica de cuantas se han dado en este extremo del mundo y los paisanos también tuvieron que ir a las playas y las rocas a recoger su cargamento de muerte y no fue para enriquecerse, sino para poder sobrevivir evitando que el negro petróleo destruyera su flora, su fauna y matara de hambre a sus familias.
Se desconoce si por el carácter individualista y retraído que caracteriza a sus gentes o por ese silencio secular que los paisanos mantienen sobre los asuntos delicados que no van con ellos, se nos ha podido privar de conocer que hay de cierto en estas historias o leyendas que nuestros padres y abuelos nos han ido transmitiendo a través de los años y quizás, sea ese silencio cómplice, el que ha impedido que nunca se haya denunciado ni probado por la justicia este bárbaro proceder, si es que alguna vez lo hubo. 
    Hoy en día, sucede algo similar con las actuaciones delictivas del estraperlo, contrabando y narcotráfico. Todos en cada aldea sospechan o conocen con certeza a quiénes hacen dinero con estos deshonestos menesteres, se murmura con voz queda entre amigos en las tascas, se comenta en la intimidad del hogar familiar y sin embargo, en las calles, ante los extraños, se comportan como si nadie lo supiera. 
Sea cierto o no, eran muchos los que sostenían que el nombre de nuestra costa se lo debemos a esta luctuosa leyenda, obviando el hecho de que tan numerosas singladuras de buques por una zona tan peligrosa, puede ser la verdadera causa de tan dolorosos acontecimientos, sin que los lugareños tengan nada que ver realmente con ello. 
    Hace ya muchos años que vienen funcionando los faros de navegación a todo lo largo de la costa y que las autoridades marítimas controlan el tráfico naval, ya no existen sospechas de piratería y sin embargo, desgraciadamente, desde la Islas Sisargas hasta el cabo de Finisterre, en estos últimos años son decenas los barcos que se han hundido y centenares los marineros muertos o desaparecidos.
Argumentos no les faltaban a los que se afanan en negar la veracidad de esta leyenda, son conocidos muchos casos en los que gracias a la actitud memorable de los lugareños se han evitado numerosas pérdidas humanas. 
    A finales del siglo pasado acaecieron dos grandes siniestros que están bien documentados por la nada sospechosa marina inglesa y donde no existe el menor atisbo de piratería. En 1890 el buque escuela británico "The Serpent" naufragó en nuestro litoral salvándose solo tres hombres de los más de trescientos tripulantes que iban abordo, los vecinos de las cercanas aldeas costeras tuvieron que ir durante muchas jornadas a la playa, pero no fueron a rapiñar ni los enseres ni la carga del buque que las mareas arrojaban a la costa, sino a rescatar los cientos de cadáveres que la mar iba paulatinamente devolviendo a tierra para poder inhumarlos cristianamente. 
    Seis años después se produjo el naufragio de otro buque inglés, el "City of Agra", del que sólo se pudieron salvar quince de sus tripulantes, y ello, gracias al valor de los pescadores del lugar, quienes con riesgo de perder sus propias vidas, con una gran mar arbolada no dudaron en hacerse a la mar para poder socorrer a los náufragos. Este heroico gesto les valió a los lugareños del concejo de Camelle el reconocimiento del Almirantazgo de la Corona Británica. Existe una lista interminable de naufragios donde los paisanos arriesgaron sus vidas por socorrer a los barcos hundidos, que ignoran quienes dan pábulo a esa lóbrega leyenda. Muchos más hundimientos registrados en diversas épocas de la historia y casi todos ellos emparejados con actuaciones solidarias de los habitantes de estos pueblos, que en demasiados casos, pagaron con sus vidas el tributo de esa solidaridad tan propia de las gentes del mar.
Quizá pues, no sea la piratería la madrina de nuestra costa y acaso, tampoco lo sea la obstinada realidad de la pérdida de tanto marino en nuestro litoral, porque la muerte es una constate en todas nuestras aldeas, basta observar un poco y fijarse en sus mujeres, casi todas ellas vestidas perpetuamente de luto. En esas mujeres que tan bien describió Araceli Asturiano en un poema, escrito la primera vez que visitó la Costa de la Muerte:

"Sólo tiene doce años 
y ya es toda una mujer
y toda vestida de negro.
Ayer fue su abuelo
una leyenda de mar
que ella cuenta 
a sus muñecos.
Hoy, su padre
un telegrama...
pétrea mirada de viuda
flotando en el hogar.
Mañana será el hermano
un aprendiz de ahogados
con sólo quince años.
Y pasado su hijo
o, tal vez, el nieto
si le dan tiempo.
Pero Ella
que tiene más posibilidades
será huérfana, viuda
de mar y temporales
Será joven, hermosa
y arrugada
pero será negra 
como el fondo de la mar
donde yacen los hombres
que la amaron y la dejaron
sola y toda
vestida de negro.

    Aunque tal vez el origen de esa familiaridad con la muerte, esa resignación para preparar el paso hacia ese otro mundo de los muertos, esas creencias en las ánimas errantes, en malvadas hadas, mouros y santas compañas, en esas premoniciones de urcos, mochuelos y cuervos, mensajeros avanzados que anuncian la llegada de la muerte o esas focas y sirenas que nos traen los mensajes de los ahogados o en la innumerable cantidad de ritos fúnebres, algunos, como el "abeillón", ya olvidados y perdidos, no sean ajenas a su modos de ver la vida y a su cotidiana relación con la muerte.

    La Costa de las Muerte como fin y principio del Camino, ruta iniciática escrita en las piedras, en esas piedras brutas a las que la mano artesana de nuestros canteros, armada del cincel y el mazo, va transformando en objetos concretos que tan bien representan la sabiduría, la fuerza y la belleza de nuestro pueblo. Sí, el camino, igual que nuestra tierra, representa al unísono la vida y la muerte, es punto final y punto de la nueva partida, siglos de óbitos que eyaculan nuevas vidas, modelando una cultura de muerte plenamente vivida que ha arraigado en lo más profundo de nuestras conciencias. 
    Sí, quizá nuestra costa esté adecuadamente bautizada con su mortecino nombre, pero no debemos olvidar que en ella hay una vida fecunda, vida que se aparea cada día con la muerte, alumbrando una cultura pletórica de sabiduría que goza de la belleza de vivir y conserva la fuerza suficiente para comprender que vivir, es ya, ir muriendo poco a poco. 
    La pobreza en la que históricamente han vivido sus pobladores, es una pobreza material que los ha condenado a vivir con estrecheces y privaciones, compensando estas carencias con una riqueza espiritual y una innata aptitud para la fantasía y la imaginación, atesorando un amplio abanico de creencias paganas, ritos iniciáticos, premoniciones de la muerte y leyendas, que han cimentando una cultura enigmática y popular, donde se funden, en convivencia armónica, el temor a lo desconocido, el goce de la sensualidad y la aceptación de la muerte inevitable.

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